viernes, 8 de diciembre de 2017

El asno que deambulaba cabizalto (Lírica bagatela bufa)


Por una senda sembrada de amapolas a sus veras, caminaba cabizalto un asno pardo de vientre blanco. Bien temprano, con el alba bostezando y el sol pretendiendo auparse sobre chepa de collados, el asno murmuraba alegre una sonata de Bach.

Una ardilla, boca abajo, posada en tronco de pino, hierática observaba el deambular del borrico, mientras sigilosa detenía una raposa su intrigante movimiento entre la hierba de un prado.

Los que trinaban cesaron, los que reptaban pararon, los que volaban posaron y un jabalí estornudó. Bajo sombra fresca de alcornoque, un ejército de hormigas interrumpieron su marcha, las libélulas sus vuelos y las abejas curiosas el néctar abandonaron para más tarde libar.

La lechuza no ululaba y un cernícalo observó a culebra que cimbreaba y su mirada cruzó, ambas perplejas quedaron e incrédulas observaron que el asno movía el rabo al ritmo de su canción.

A pocos metros un gato, posado sobre una piedra, esperaba ininmutable a que el asno le alcanzara. Y al alcanzarle paró. El asno quedó mirando al felino fijamente y sin interrumpir su canto ni gesto alguno mediar el gato trepó de brinco a los lomos del equino.

Por una senda sembrada de amapolas a sus veras, un asno pardo de vientre blanco tarareaba cabizalto una sonata de Bach. Sobre sus lomos un gato con los ojos entornados, alzando su rostro al sol, que empezaba a despuntar, y por embelesamiento, ronroneaba contento bien en re o en si bemol.

Y la lechuza ululó, y trinos acompañaron, las libélulas volaron y hasta el jabalí trotó, y en rica coreografía las hormigas reiniciaron su búsqueda de alimento, la raposa con aliento sobre la hierba saltaba y el cernícalo guiñaba a la culebra su ojo indicando que su antojo por carne fresca cesaba y que prefería volar y ejercitar pirueta.

Por una senda sembrada de amapolas a sus veras, sobre la testa de un gato, una roja mariposa aleteaba exaltada sin saber que con sus alas estaba cambiando el mundo, que por azar aquel día, que pareciera indistinto a tantos que precedieron, amaneció diferente por un asno y su talento.

Luis Cardo

miércoles, 6 de diciembre de 2017

A vista de buitre sobre colina rocosa


En una mañana fría de invierno que no llegaba, un joven de suave tez, aún no encarnado en su nombre, caminaba pensativo mientras la senda transitada iba marcando su ascenso hacia una calva colina.

Asido a un cayado de castaño sus ojos posaba en piedras y nunca alzaba la vista al sol, no por temer que cegara, por ignorar su presencia. Por calzado unas  sandalias, en su zurrón un mendrugo, por abrigo lana fría y en corazón tempestad.

Sin ser consciente del tiempo transcurrido hasta la cima, el joven alcanzó temprano la petrea y puntiaguda cumbre objetivo de su andanza. Y fue al llegar donde la vista alzó buscando horizonte. Y se sentó y sintió el tacto helado, la textura lisa y el duro asiento del aposento elegido, mas no importole.

En una mañana fría de invierno pleno, un hombre de barba hirsuta, aún no encarnado en su nombre, caminaba pensativo mientras la senda transitada iba marcando su ascenso hacia una calva colina.

Asido a un cayado de castaño sus ojos posaba en piedras y nunca alzaba la vista al sol, no por temer que cegara, por ignorar su presencia. Por calzado unas  sandalias, en su zurrón un mendrugo, por abrigo lana fría y en corazón tempestad.

Sin ser consciente del tiempo transcurrido hasta la cima, el hombre alcanzó cansado la petrea y puntiaguda cumbre objetivo de su andanza. Y fue al llegar donde la vista alzó buscando horizonte. Y se sentó y sintió el tacto helado, la textura lisa y el duro asiento del aposento elegido, mas no importole.

En una mañana fría de invierno cesante, un hombre adulto y canoso, aún no encarnado en su nombre, caminaba pensativo mientras la senda transitada iba marcando su ascenso hacia una calva colina.

Asido a un cayado de castaño sus ojos posaba en piedras y nunca alzaba la vista al sol, no por temer que cegara, por ignorar su presencia. Por calzado unas  sandalias, en su zurrón un mendrugo, por abrigo lana fría y en corazón tempestad.

Sin ser consciente del tiempo transcurrido hasta la cima, el hombre alcanzó no sin tristeza la petrea y puntiaguda cumbre objetivo de su andanza. Y fue al llegar donde la vista alzó buscando horizonte. Y se sentó y sintió el tacto helado, la textura lisa y el duro asiento del aposento elegido, mas no importole.

En una mañana cálida de primavera Jebuma Balanstrabinya bajó de una calva colina, y a la sombra de un manzano se dispuso a afinar su cítara, siendo un trino su guión. Y la paz se hizo nombre.

Luis Cardo










sábado, 2 de diciembre de 2017

Frágil como una hoja de vid al final del otoño


Se entregaba Balanstrabinya, en el apogeo de su otoño, que no era ocaso, a la tarea de retirar una a una, con sus dedos, las hojas caídas de la vid cercana a su manzano, junto al que descansaba su cítara.

Su primavera quedaba lejana y sin añoranza, quizás porque sus veranos fueron otrora inviernos y quizás porque en justicia, intuía que en su invierno le aguardaba su verano.

El manejo de la hoja de la vid al final del otoño, por quebradiza, requería destreza en el trazo de su tacto, armonía en la conjunción de sus dedos y sencillez en la trayectoria de sus vaivenes, mas Jebuma ya practicaba la paz por su lejanía con los hombres.

Una acción única, lenta y con intención, completa hasta su fin, ejercida en ritual, con el tiempo dedicado y actitud contemplativa, la sonrisa dibujada y la pulcritud por norma, acto simple y necesario. Jebuma se desvanecía en el espacio y ralentizaba el tiempo, reduciéndolo al instante.

El viento era gélido mas no le alcanzaba, mientras la piel de sus manos despreciaban guante, por ingrato. Trasladaba cada hoja a un enorme cuenco hierático acogedor, tallado durante los días regalados. Y sobre su perpendicular, con mano tierna, pulverizaba en minúsculas porciones cada hoja recogida. Y cada una de ellas, ya polvo sobre polvo, renacían como una y por amor.

De entre todas las hojas, mimaba con más talento las que habían aterrizado en oquedad de leñera, entre vástagos de hermanos ramificantes, nacidos en poda para otorgar vida al padre. Y evitando la fricción las invitaba a ser polvo lejos de la anarquía del viento.

Y por completa su acción fue buena, y por su tacto la caricia noble, y por su intención de naturaleza justa y por su fin necesaria.

En el otoño de sus días, Balanstrabinya aprendió acerca de la virtud que habita en lo delicado, y de la hoja de vid cuando apunta invierno tomó lección del latido de corazones dormidos.

Luis Cardo

viernes, 3 de febrero de 2017

Por un sendero hacia dos lagunas


Había podido, tiempo ha, comprobar que música sonaba y que versos consonaban, mas los oídos dormidos de aquellos que deambulaban no habían percibido ni nota ni letanía.

Apoyó la cítara Jebuma en el tronco del manzano, y sobre mullido lecho, junto a matas de tomillo. Alzóse en silencio, respiró erguido en dirección al sol, al que ofreció su brindis de gracia. Descalzo comenzó a caminar hacia el este, siempre al este, no dando espalda a la luz.

Ante sí una senda asilvestrada apenas se adivinaba, con certeza sus parecidos la habían abandonado. Se abrió paso entre los juncos, caminando levemente, dejándose acariciar y acariciando al camino que caminando naciera. Bordeó lomas, descendió barrancos, alcanzó siete cimas y descansó siete veces bajo siete sombras de siete amigos, de nombre almendro, de nombre olivo, de nombre higuera, algarrobo, morera y pino.

Siete días después de reposar la cuerda de su instrumento, alcanzó un valle tras un collado, un valle con dos lagunas. A su derecha, laguna blanca, y en derredor, en una concurrida bajoplanicie y en mediorrelieve, sople gregal o sudeste, cientos de miles de monos apilados y en desorden se entregaban a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que les superaba tres cuerpos en altura, con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. Mas al tiempo que vaciaban otra arena iba llegando a dar volumen de nuevo, al montón y a su tarea, a veces traída por vientos y casi siempre por manos de otros monos que la llevan y en su cima depositan.

A su izquierda, imperceptible, separada de la anterior por un velo, laguna azul, diminuta y desierta, invadida de silencio e invadida por la luz, mas invisible a los monos cabizbajos y en tarea.

Y Jebuma Balanstrabinya inició un paso…

Luis Cardo

viernes, 1 de julio de 2016

Nosferatu que juega al mus


Corre el año cincuenta de la Era Única. Aparcado el vehículo bajo sombraje de baladres de hoja blanca, se dispone a hacer acopio de cebollas y paisanos (llámame pimiento o bien calabacín) en tienda soto huerta, lugar de la Mediterrània ni libre ni dependiente, de cuyo nombre recuerdo mas no hare mención.
           
Hay pre y post trasiego de ondas intracelulares (de celular a celular) que parecieran guión de celuloide, Bergman, Von Trier o bien Berlanga si hubiera sido albino finlandés. Acostumbrado a tanta banal, a tanta superflua y a tanta aburrida (conversación) no advierte ni en tono ni por tema que Nosferatu es quien le invita a jugar otra partida de mus. Nosferatu por lo pálido, por sutil, tan distinto a aquel denso Belcebú que en otro tiempo le visitara alevoso y nocturno.

Pero trompeta de alguno más de la guarda, cancerbero perhaps de ejecutores emocionales, inundó de ajo pestilente depurativo toda atmósfera respirable, y despertó de otro sueño de seducciones malsanas, buscó de nuevo y entre dos nubes un desfiladero hacia sí.

Luis Cardo

lunes, 30 de mayo de 2016

Desasido a/de los cuerdos


En una galaxia limbo entre cuerdas y vacíos, año épsilon después de Gurú Jobs, deambula analógico con aspecto humano y mirada extrañada. La lejía le ha causado disonancia perceptiva, no escucha sonidos sino ecos, observa el entorno en modo mirilla, todo se ovala, anulado el olfato y erizado el vello, le quedaría el gusto intacto mas perdió el apetito.
           
Recluido por voluntad sobre su quimera, a la que apenas somete, contempla el nacimiento de sus pensamientos e intenta encuadrarlos en un ritmo intuyendo un diapasón. Perdió la melodía, violada en todas aquellas esquinas por las que viró en sus ocasos. Sabía pues incierto que alcanzara la armonía entre su “qué” y su “hacia dónde”, mas su empeño no era obviado.
           
La cabeza, sobre su cuello, sustento de su meninge, estraza sobre gris, periscopeaba en derredor, a poniente y hacia oriente, trazando órbitas a norte y desnortes a sur. Sus córneas lucían músculo para suplir a magullada sinapsis, mas creíase ciego en la búsqueda de un cuerdo que asomara sobre sí, al que en vano aspiró asirse, asirse a ó asirse de, que tanto diera.
           
Y así, desasido, loco y rodeado, advino en perplejo.

Luis Cardo

lunes, 17 de agosto de 2015

Ficciones en una mañana cálida y húmeda


Asido a un ungüento intrarrectal descifraba con dificultad los códigos de su telaraña intracraneal.

Ululaban fuera las lechuzas, graznaban urracas y piaban pollitos. A su alrededor algún vástago dormía y alguna costilla resoplaba. Kafka aguardaba inquieto y Leroux indiferente, lienzos en blanco desperezaban sus letargos y los planes llamaban a la puerta de sus ilusiones.

Cerca una guitarra cantaba sobre dos notas desacompasadas acompañando a graznidos, pio-píos y ululadas. La vida visible desafinaba en un constante torrente inarmónico irresoluble.

Y en este limbo que no era impass se iban deconstruyendo los caminos avanzados desde la nada a lo absurdo de sus todos, sentía las capas de la vejez depositándose en sí, ni añorando juventud ni temiendo a sus arrugas. Con los ojos entreabiertos se ensoñaba sin dormir, soñaba en el aire limpio y en la frescura del agua, soñaba en verdes, en naranjas y amarillos envueltos en manto azul. Creaba escenas de amor entre inertes, vertebrados, semovientes o reptantes, entre lo gris y la noche, entre luz y lo profundo. Y sentía el giro en etérea rotación de lo absoluto, proyectándose observador de la armonía del conjunto.

Desde la incierta certeza de que la nada lo es todo y de que el todo es la nada, se acomodó a lo único que da sentido a existir, fuera ahora denso o fluido.

Siento, ergo vivo. Y sintiendo, yo soy yo. Ya muertos…. seremos uno y lo mismo, en el vacío común.

Luis Cardo

sábado, 21 de marzo de 2015

La ciclogénesis de Popea


Deambulaba entre ungüentos y sábanas de Palacio Popea Sabina, musitando en sus adentros el ansia de sustentar el laurel que mereciera por haberlo así ganado entre pronos y supinos pasando por comisuras.

No bastábale ser dueña del favor de emperador, cegado por encelado. No bastaba en lo privado ser la reina del festín, ama de llaves del cáliz al que regalar buen vino, para así bien disponer de la voluntad del amo, del amo de los demás, dócil mastín en su mano.

Si quieres manipular el poder de los melifluos, hazle caer, mientras Baco acompaña sus descansos, la sombra de la sospecha de aquellos que lo rodean medrando por su corona, sin que tenga ni un asomo de lucido pensamiento sobre la cierta amenaza de quien endulza su lecho.

Popea, la amante, susurra, Nerón quien mata a la madre que le hizo desde entraña. Popea, amante, pretende, y Agripina, esposa, fenece. Nerón quien pica en su Flandes, Popea quien compra el laurel sin estipendio en metal, que para facturas pagar bastan billetes de carne.

Mas he aquí hay que cuidarse del borracho tan suelto y resuelto en ejecución, no fuera que en un mal día tuviera a bien coz soltarte cuando menos lo esperaras, fueras amante, criada, emperatriz o capricho, solo por no controlar ni pasiones ni arrebatos, porque dicen que los dioses hacen reparto de mocos a quien las mangas ensucian.

Popea, querida, que de reina por emperador preñada a difunta por borracho coceada se pasa por el filo de un santiamén en menos que canta un pollo.

Luis Cardo

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Ese de sepia, eme de mújol


Erase que se era un pez gregario de cabeza aplastada, gruesos los labios, cuerpilargo y resultón. Erase una vez un mújol.

Erase la misma vez que se era aquel buen mújol, un cefalópodo de cuerpo ovalado, de concha caliza cubierta de piel. Erase una vez una sepia.

Y como misma vez fuera, he te aquí que se encontraron en alba de cielo gris el morrudo y la ovalada, deambulando por un mar acenagado y returbio. Se intercambiaron saludos, “buenos días” “buenos sean” ¿como vas de huevas, guapo? “tirandito, no me quejo, cierto es que hubo mejores, pero cierto sea también que de trances peores supuré”.

Erase una vez un mar que mutaba entre los platas y azules, un mar tanto de ola brava como de la calma chicha, de cálidos y fríos temblores, de espumas y de corrientes, un mar en el que vivían sepias, mújoles y gambas, compartiendo el alimento y ajenos a tiburones.

Hubo una vez un mar en el planeta Utopía.

Luis Cardo

lunes, 10 de noviembre de 2014

Génesis de Abilinio Dopenmeister


El día que iba a nacer Abilinio Dopenmeister no estaba de humor.

El tiempo de maduración en seno materno no había sido un vano abandono a la tarea de su engorde y maduración en entorno líquido. La inmersión ahora amniótica, y esto iba a ser una constante futura al sumergirse, le facilitaba una ralentización del maná de sus pensamientos. Esta menor velocidad en el nacimiento de sus ideas dotaba y dotaría siempre a las mismas de preclaridad y armonía.

El día que iba a nacer Abilinio pensaba en la gravedad. “No me va a resultar fácil tener que vencer al peso, creo que se va imponer lo denso cuando precise fluir”.

El día que iba a nacer Abilinio tenía miedo porque se sentía inhábil y temía a las miradas… “será necesario vestirse, mas quisiera andar desnudo, y no solo de hábito, también de acopio de muda”.

Sabía lo que iba a ser y adónde iba a llegar, mas el punto de inflexión le mantuvo preocupado, y entre tanto pensamiento pronto alcanzó a comprender por qué su primera voz después de que la luz le inundara debía ser llanto extremo, el mismo que, aunque en silencio, retornara cuando apague.

El día que iba a nacer Abilinio Dopenmeister no estaba de humor y por ello decidió sonreir ante lo único inevitable. Así fue que trascendió al nacer en aquel mundo global, al que dio la vuelta al orbe con este su pie de foto “nace en Wotslavia tras fácil parto un bebé entre carcajadas”.

Y el mundo quedó perplejo por no poder comprender.

Luis Cardo

martes, 22 de julio de 2014

Parafábula del mono, la maroma y la soga al cuello


Avanzado el año veinte después de Q84, era primaria del periodo somangustino, en los polos muere el hielo y bajo la regencia del dios kptal los humanos gimen.

Sobre una concurrida bajoplanicie y en mediorelieve, sople gregal o sudeste, un mono se entrega a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que le supera tres cuerpos en altura con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. En cada tobillo y muñeca lleva anudada una maroma cuyo extremo opuesto al anudado a sus extremidades se pierde fuera del plano de la secuencia.

En esencia es bien sencilla la ocupación indicada, inca la pala con fuerza en la entraña del montón, extrae cantidad la máxima que le permita el palazo para verterla inmediata en una sima cercana cuyo fondo aun no se muestra. Y así es siempre y es tras día, tras estación y tras noche. Mas al tiempo que vacía y mientras otra arena va llegando a dar volumen de nuevo al montón, en ocasiones suaves y en otros fuertes tirones en las maromas, sacuden, elongan y dislocan sus brazos y piernas y por efecto de tensiones contrapuestas derriban a menudo al mono y le hacen perder la pala.

Pues bien, con estas rutinas, hay días en que parece que la montaña menguara y que la maroma sea lacia, en muchos que es siempre igual y que la cuerda es ligera y en las peores jornadas, que de tanto crecimiento, se lo fuera a merendar el arenoso montón rebozando su existencia de una muerte por asfixia que le salvara del trance de un desmembramiento cierto que no le causara el óbito y sí mutilada existencia.

Solía aderezar su vida comiendo algún rico plátano, intentando constatar que dominaba al tirano. Pero aquello era posible cuando solo la arena le ataba y no cuatro rígidos cabos asidos a cuatro miembros. Y a veces, por temporadas, se ensoñaba en la belleza de algunos amaneceres…. en tiempos que caminaba porque al montón le unía el hilo, imposible de soltarse, mas elástico y sutil.Había probado alguna vez a cesar su actividad… y no soportaba el dolor.

En otras optó por doblar la intensidad del esfuerzo… y no soportaba el dolor.

Una vez érase un mono que asía fuerte una pala, bajo la cálida luz de un sol naranja y al abrigo de dos lunas en noches que no eran obscuras, ni frías, ni noches.

Erase una vez un mono con una mirada prensil y una o dos sogas al cuello.

Luis Cardo

jueves, 12 de junio de 2014

Parábola del mono, la pala y el montón de arena


Año veinte después de Q84, era primaria del periodo somangustino, en los polos muere el hielo y bajo la regencia del dios kptal los humanos gimen.

Sobre una concurrida bajoplanicie y en mediorelieve, sople gregal o sudeste, un mono se entrega a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que le supera tres cuerpos en altura con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. Su destreza adquirida le permite hacer uso en no pocas ocasiones de la prensilidad de sus inferiores para aliviar superiores.

En esencia es bien sencilla la ocupación indicada, inca la pala con fuerza en la entraña del montón, extrae cantidad la máxima que le permita el palazo para verterla inmediata en una sima cercana cuyo fondo aun no se muestra. Y así es siempre y es tras día, tras estación y tras noche. Mas al tiempo que vacía otra arena va llegando a dar volumen de nuevo al montón y a su tarea, a veces traída por vientos y casi siempre por manos de otros monos que la llevan y en su cima depositan.

Pues bien, con estas rutinas, hay días en que parece que la montaña menguara, en muchos que es siempre igual y en las peores jornadas, que de tanto crecimiento, se lo fuera a merendar y a rebozar su existencia de una muerte por asfixia.

Suele aderezar su vida comiendo algún rico plátano, sin dejar de constatar que domina a su tirano, y a veces, por temporadas, se ensueña tras la belleza de algunos amaneceres y pretende caminar a bañarse en ríos cercanos, siendo entonces cuando observa, reiterado, que lo que le une al montón es un hilo muy sútil y al tiempo tan imposible de soltarlo como amarre.
Ha probado alguna vez a dejar su actividad, por ver si por el efecto de su huelga en el achique sucediera que las musas dejaran de alimentar de partículas su losa. Mas sintió la consecuencia de su inacción sedentaria bien en modo de variz, de estreñimiento o de nausea por los gases putrefactos emanados desde el cúmulo de material estancado.

En otras optó por doblar la intensidad del esfuerzo, a modo contrarreloj, pretendiendo vaciar más deprisa que el llenado.

Mas todo y siempre y como fuera que…. resultó que inalteraba el latido del montón.

Una vez érase un mono que asía fuerte una pala, bajo la cálida luz de un sol naranja y al abrigo de dos lunas en noches que no eran obscuras, ni frías, ni noches. Erase una vez un mono con una mirada prensil.

Luis Cardo

lunes, 19 de mayo de 2014

El velo rasgado o la asunción de Jebuma Balanstrabinya


Pasaron al menos tres años para adquirir conciencia del desdoblamiento de las realidades. Después de haber explorado senderos sin gloria y caminos cerrados. Tras ciento o dos de ellos de noches sin vela y más de mil días con luz. Fue en el tiempo en que miraba y remiraba y sentía que ya no estaba, no que se estuviera yendo, sentía que ya se fue.

Pensó que tal vez debió producirse en alguna de las noches de aquel enero del once, de tiritona helado bajo edredón y cama fría frente a las ventanas rotas. O en las diarias batallas de agua, en los finales del diez, donde los pensamientos se hacían blandos en tiempos duros haciendo metros, mejor dosmiles que miles, pues más importante es nadar, sin tener que guardar ropa, que deglutir alimentos, cuando el hambre no te mata pero puede hacerlo el miedo de caer y tocar fondo y romper la cota cero para no poder volver.

Pudiera haber sido en día de los de extenuada vuelta a su pequeña morada desde divanes freudianos, donde vomitaba sueños y escupía las culebras de los traumas de su infancia, días en que entraba en coma por neuronal exigencia, días que cerraba en cero, esperando reencontrarse tras una resurrección o reencarnado en sí mismo.

Seguro fue por entonces, quizás en esos momentos, tal vez en todos y en más, cuando el velo se rasgó como matriz en cesárea, limpio y certero el corte, suficiente y tan preciso para poder dar la luz al aún nonato Jebuma, tras longeva gestación. Mas asomó por el velo sin adquirir aún conciencia.

Desde entonces coexistieron, siendo uno y siendo ambos, el par y el único ser, la dualidad desdoblada, en ambos lados del velo, aprendiendo a darse paso cuando el paso iba cambiado, por realidades palpables o buscando su manzano, siempre en la senda del Yu en uno u otro universo. 

Y entonces cogió el tambor, y su cítara Jebuma, para ajustar bien el ritmo sin descuidarse del verso. Y pudieron comprobar que la música sonaba y los versos consonaban, mas los oídos dormidos de aquellos que deambulaban no podían percibir ni nota ni letanía. Mas, en ocasiones, entre humanos….

Luis Cardo

jueves, 20 de marzo de 2014

En la senda del código Yu


No sería hasta el comienzo de su quinta vida cuando empezara a contemplar la luz de frente. De las anteriores se quedó la observación y despreció el hastío, perdió el miedo y se quedó con el orden, renunció a la angustia y no al valor de la acción, se asió al poder del cambio y despreció la mutilación y la abundancia. 

Así fue como en edad temprana y al tiempo madura se construyó un hatillo de aire fresco sobre una vara sin pulir ni tallar. Por sandalia el pie descalzo, pues iba a caminar mullido sobre caricias de musgo y entre lavandas. Se abandonó de los hombres, mas alzose de las masas y ajeno a su vieja muda, dejó su piel de tortuga perdida entre los asfaltos, el vil metal y las luces cegadoras, buscando las de Bohemia en un mas allá cercano.

En aquellos tiempos, Jebuma Balanstrabinya, plantó semillas de manzano en una bella colina a la que llegó por sendas que acompañaban a arroyos, mas no detuvo su paso, ni se puso a contemplar ni a esperar al brote ni a la lluvia. Siguió tras el trino de un mirlo hasta que éste quedó mudo en una rama de olivo, acompañó a una raposa y nadó junto a las nutrias, comió el néctar de las flores departiendo con abejas, bebió lloviznas y chaparrones, hizo del cielo su abrigo y de la tierra su lecho. 

Y se hizo amigo del silencio y de su voz.

Luis Cardo

jueves, 27 de febrero de 2014

La balada del ocaso de Balanstrabinya


El anciano Balanstrabinya practicaba asiduo diario descanso bajo la sombra de un manzano. Acostumbraba a aposentarse en las horas del sesteo sobre una manta de lino y un bien mullido almohadón bordado de antiguo.

Al llegar, Balanstrabinya, en posición estirada, pie derecho sobre izquierdo y manos sobre su pecho, a modo de faraón, disponíase a la siesta, contemplando el azul cielo entre las hojas frutales, dejando al viento jugar con el verde en sus retinas. Dormíase lentamente, dejando apagar sus párpados por el morféico placer de abandonarse a la nada.

Apenas unos minutos permanecía así ausente, volviendo a reincorporarse como si fuera un nacer, mas sin llanto ni palmada, solo como un despertar desde el cero hasta la vida, siendo su primer pensar sobre el manto azul y verde que cálido le abrigaba.

Y acostumbraba a lanzar un guiño al azul del cielo y una caricia al manzano, sin olvidarse del sol, al que por cortés respeto de soslayo remiraba.

Las horas tras despertar las dedicaba a pensar, contemplar y sentir brisas, hasta que al caer la tarde ya por costumbre adquirida, algunos niños y jóvenes se acercaban al frutal por una pequeña senda que acompañaba a un arroyo. Entonces Balanstrabinya, ya inspirado por vivido, asía firme sus manos al madero de su cítara y hacía bailar sus dedos sobre notas y armonías, recitando a los presentes  experiencias de su vida, de aquello hacia donde fue y de allá de donde vino.

Mientras exista un manzano en pie regalando frutos siempre quedará un anciano que nos pueda convencer de que todo no está en ir y ni siquiera en volver.

Luis Cardo

miércoles, 5 de febrero de 2014

Una bagatela al alba


Acabo de nacer y aquí me tengo, la primera vista es extraña, naranja sobre las sombras, luces de exterior mas no es el sol, serán farolas. Hagamos el repasito: quién soy, dónde estoy, ya me acuerdo, que día soy, creo que lunes, quizás no, ahora lo miro en la agenda. Y por qué tan pronto, ¡ah! sí, porque me gusta, a quien madruga ¿quién le ampara? A ver que tengo que hacer, voy recordando, parece seré de colores, no apunto a grises.

Quisiera comenzar rápido mas siento no tener prisa, me retengo en pensamientos, ¡uy! que complejo resulto ¿en qué mente amanecí? ¡ah! me recuerdo de ayer pero en modo de sustancia, no fui aciago, nunca soy, no fui angustia, la perdí, fui de color salmón con virutitas de gris, no por migraña o pesar, creo que fue por cansancio o por estar incubando algún caldo de bacterias.
No lloveré, dice el cielo, y voy a resultar cálido, iré de aquí para allá, me pararé en mí cien veces, asistiré a los asuntos, ensoñaré en mil instantes, y algún lienzo empañaré de bermellón o de malva, de azul cobalto o de añil. Veré caras y caritas, pálido rostro y sonrisas, deambulantes de a pasito y pastantes de la prisa, y entre todos fluiré como ya sé que acostumbro, en alguna dirección o desde allá para aquí, nada es partida o destino si no un tránsito constante en el que encuentras placer o quedas en sinsentido ¿no escucháis la música?.

Quizás no me presenté, no es que no tenga modales, es que acostumbro a flotar sobre los mundos reales, esos que tanto amáis los que os manejáis tangibles sobre asfaltos de alquitrán. Soy la mera conjunción de la vida en un leve e insignificante punto. Soy el día, soy yo mismo, soy mi vida, sí, soy yo, en este preciso instante, mi límite y mi horizonte, mi eternidad y mi ocaso.

Viva la vida, presente, que las ausencias vendrán, mas no las esperaré, por estar tan ocupado viviendo mi vida entera.

Luis Cardo

Publicado anteriormente, el 4 de febrero de 2014, por mi estimada amiga dominicana Adanellys Hayes, a quién se lo dedico, en su blog:
http://vitahayes.wordpress.com/2014/02/04/de-los-amigos-luis-cardo-navarre/

sábado, 25 de enero de 2014

Atizando moscas


Una vez, o dos, o tres, hace muchos pocos años, en un país de aquí cerca muy lejano, conocí a un hombre miel. Pausa, tic tac, piensa ¿ya? Bien que habrás imaginado a un humano meloso y embadurnado, goteando y pegajoso, relamiendo comisuras.

Lo conocí en un repente, digamos que apareció, no sé ni de donde vino, ni siquiera sé si vino o si el que vine fui yo y él siempre había estado allí donde aconteció que topé con su presencia.

De apariencia muy afable, sonriente y reflexivo, buen pensador y observante, tenía siempre respuestas en nuestra conversación. No sabía si era sabio o más bien postre, si lamerlo o si limpiarlo, mas opté al tiempo de haberme entablado con él, por untarme yo con gotas de su constante goteo, como si acaso yo fuera una crujiente tostada esperando endulzamiento.

Mas uno entre tantos días compartiendo nuestros gozos y sin sombras bajo el sol, tan sólo cálido y luz, aconteció que en su rictus desapareció la mueca que le hacía tan amable, y pude ver en sus ojos un esbozo de pesar. “¿Sabes?”, dijo “yo realmente no quisiera dejar de ser tan sabroso como sabéis bien que soy, y agradezco los lamidos y el unte a que acostumbráis, mas si por algo me agoto es por tener que estar tan a menudo pendiente de ocupar mi mano diestra de sostén de atizador”.

Y es que bien dice el refrán que en este momento invento que “procura aunque seas de miel no dar pábulo a las moscas”.

Luis Cardo

sábado, 16 de noviembre de 2013

El hombre pluscuampequeño


Erase una vez un niño minúsculo que se hizo pequeño. Tuvo una infancia sencilla en una pequeña familia y entornos pequeños. Vivió en ciudades grandes, en las que se sentía pequeño, y en un pequeño pueblo, en el que se desapercibía.

Estudió un tiempo en una pequeña escuela, que le hacía sentirse pequeño y en otra grande, en la que pequeño se sentía.

El tiempo fue pasando y el pequeño niño se convirtió en un pequeño adolescente, un pequeño joven y un pequeño adulto. Sin embargo, en ocasiones, de carrerilla, se ejercitaba en sacar pecho, mas su pecho era pequeño.

Fue a la universidad, donde estudió en aulas grandes llenas de humanos grandes y también pequeños, entre los cuales se sintió pequeño, incluso a veces pluscuampequeño.

Trabajó en sitios grandes y en otros pequeños, en alguno tan pequeño que a veces se veía grande, hasta que al llegar a casa veía en el reflejo de los espejos a un hombre pequeño.

Tuvo pequeños y grandes amigos, algunos menguaron y otros crecieron. Tuvo novias grandes y novias pequeñas, se casó con varias mujeres,  pequeñas y grandes, y tuvo hijos enormes.

Hubo un tiempo en la vida del pequeño hombre pequeño en el que los reflejos le hacían verse crecer, un tiempo en el que pensó que se estaba apercibiendo, que pareciera que le veían y que incluso le miraban, hasta llegó a sentirse grande, aunque fuera por momentos.

Un amanecer se despertó en otoño y al incorporarse en su cama, observó que los pies no le llegaban al suelo. No pudo mirarse en espejos porque no podía alcanzarse. No se vio, mas se sintió. No se paró a pensarse y se entregó al concierto de recuperar su orden.

Salió a la calle y caminó discreto, bajando y subiendo aceras por bordillos descomunales, cruzando avenidas con horizonte entre ruidosos mastodontes y hombres gigantes. Y conforme caminaba, le crecían los bordillos.

E intentó relacionarse, mas sintió que mermaba si intentaba hablar.

Y camino del reflejo de sí mismo, paró un momento a mirarse en una gota de agua. Fue allí, mirándose cuan Narciso en un cristalino estanque, cuando escuchó voces que gritaban de ultrallá, y se hizo mate.

Erase una vez un hombre pluscuempequeño, que en ocasiones menguaba.

Luis Cardo


martes, 9 de julio de 2013

Barrunto si debo


No nos crecieron las piernas para tenerlas cruzadas.

No era un día nublado, ni siquiera gris, tampoco soleado, ni luminoso o frío, ni cálido. No era un día cualquiera, tampoco especial. No era domingo, ni martes, ni jueves. Para ella no era importante pues solo miraba al suelo.

Se había muerto un lunes a la hora de la cena, se había muerto el martes, luego murió en miércoles. Murió con cada guantazo, en su cara o en su estima, con cada desprecio, con cada mal gesto, en cada mañana, por despertar a su lado, más bien a sus pies.

No lo decidió, no pensó, no hubo plan, ni ánimo y ya ni miedo de tanto tragar. El destino habita tras el picaporte, en ocasiones, basta decir basta. Salió sin más, descalza, desnuda, deshecha y entera, con sólo su ser por valija y con todo su yo por respuesta. Lo supo entonces, sí debía, era un deber.

Y no lo volvió a ver nunca, ni cuando lo tuvo enfrente.

Luis Cardo