sábado, 16 de noviembre de 2013

El hombre pluscuampequeño


Erase una vez un niño minúsculo que se hizo pequeño. Tuvo una infancia sencilla en una pequeña familia y entornos pequeños. Vivió en ciudades grandes, en las que se sentía pequeño, y en un pequeño pueblo, en el que se desapercibía.

Estudió un tiempo en una pequeña escuela, que le hacía sentirse pequeño y en otra grande, en la que pequeño se sentía.

El tiempo fue pasando y el pequeño niño se convirtió en un pequeño adolescente, un pequeño joven y un pequeño adulto. Sin embargo, en ocasiones, de carrerilla, se ejercitaba en sacar pecho, mas su pecho era pequeño.

Fue a la universidad, donde estudió en aulas grandes llenas de humanos grandes y también pequeños, entre los cuales se sintió pequeño, incluso a veces pluscuampequeño.

Trabajó en sitios grandes y en otros pequeños, en alguno tan pequeño que a veces se veía grande, hasta que al llegar a casa veía en el reflejo de los espejos a un hombre pequeño.

Tuvo pequeños y grandes amigos, algunos menguaron y otros crecieron. Tuvo novias grandes y novias pequeñas, se casó con varias mujeres,  pequeñas y grandes, y tuvo hijos enormes.

Hubo un tiempo en la vida del pequeño hombre pequeño en el que los reflejos le hacían verse crecer, un tiempo en el que pensó que se estaba apercibiendo, que pareciera que le veían y que incluso le miraban, hasta llegó a sentirse grande, aunque fuera por momentos.

Un amanecer se despertó en otoño y al incorporarse en su cama, observó que los pies no le llegaban al suelo. No pudo mirarse en espejos porque no podía alcanzarse. No se vio, mas se sintió. No se paró a pensarse y se entregó al concierto de recuperar su orden.

Salió a la calle y caminó discreto, bajando y subiendo aceras por bordillos descomunales, cruzando avenidas con horizonte entre ruidosos mastodontes y hombres gigantes. Y conforme caminaba, le crecían los bordillos.

E intentó relacionarse, mas sintió que mermaba si intentaba hablar.

Y camino del reflejo de sí mismo, paró un momento a mirarse en una gota de agua. Fue allí, mirándose cuan Narciso en un cristalino estanque, cuando escuchó voces que gritaban de ultrallá, y se hizo mate.

Erase una vez un hombre pluscuempequeño, que en ocasiones menguaba.

Luis Cardo


martes, 9 de julio de 2013

Barrunto si debo


No nos crecieron las piernas para tenerlas cruzadas.

No era un día nublado, ni siquiera gris, tampoco soleado, ni luminoso o frío, ni cálido. No era un día cualquiera, tampoco especial. No era domingo, ni martes, ni jueves. Para ella no era importante pues solo miraba al suelo.

Se había muerto un lunes a la hora de la cena, se había muerto el martes, luego murió en miércoles. Murió con cada guantazo, en su cara o en su estima, con cada desprecio, con cada mal gesto, en cada mañana, por despertar a su lado, más bien a sus pies.

No lo decidió, no pensó, no hubo plan, ni ánimo y ya ni miedo de tanto tragar. El destino habita tras el picaporte, en ocasiones, basta decir basta. Salió sin más, descalza, desnuda, deshecha y entera, con sólo su ser por valija y con todo su yo por respuesta. Lo supo entonces, sí debía, era un deber.

Y no lo volvió a ver nunca, ni cuando lo tuvo enfrente.

Luis Cardo

miércoles, 3 de julio de 2013

Arbolando sin mastil


“¡Seré novato!” musitó bajito, “en sábado mirando al oeste”. Un rayito de sol de amanecer de estío mediterráneo inundó su espacio tras penetrar cálido por vitrina y hacerse dueño del cajero automático, rebotado en sus blancos perfiles lacados y en sus metales y lunas. Sintiose Olaf habitando una bombilla a merced de un interruptor.

Se revolvió en su saco de dormir y quedó mirando al techo de talla enyesado, recordó en instante sus cincuenta años madrugados, los del colegio, del instituto, la facultad, de sus trabajos, de biberones, de hacer deporte o viajar, y los mejores, los del placer de ver el día despertar tras él. No se hizo aquel día pregunta de cómo llegó hasta allí, ya sabía sus respuestas, eran tantas y tan necias.

“No habrá más noches” fue su sentencia, acicaló su fardo y mesó sus barbas. Salió animoso a vaciarse y en el primer contenedor, retuvo aseo el que siempre tuvo, vertió en pleno todo su peso. Con tres monedas tomo café, zumo y croissant. Llegó hasta el mar caminando, pasose horas respirando, como si fuera alimento, el salitre por nariz y por el ojo belleza de juegos de mar y nubes.

Y antes de que anocheciera traidor el sol a su espalda, acabó meditación y silencioso se despidió de los vivos, se despojó del harapo y ante los ojos anónimos de los que le presenciaban, desnudo solo de bienes, vestido de lo vivido se fue a bailar con las olas dejándose trascender en memorias o en olvidos.

Solo unos años atrás, le llamaban Don Olaf, pero así es la economía.

Luis Cardo

domingo, 30 de junio de 2013

El vampiro sin alas de Düsseldorf



Erase una vez, en una galaxia no muy lejana….

En aquellos tiempos bastaba el amparo de las oscuras sombras de la noche para practicar el acecho más cruel contra indefensas criaturas. No era rival el sereno ni chivata la farola. Cualquier psicópata chupasangres con mediana inteligencia camparía a sus anchas a por sujeto objetivo, subjetivo a por su objeto.  

Todos podemos ser cuello, no todos vampiros.

Düsseldorf existe en cada imperio de cemento y asfalto, alcantarilla y cable, incluso en cualquier campiña. Todo se nos puso a disposición generosamente, y encima de la pirámide, con todos los mimbres, todo ingenio y herramienta solo capaces fuimos de construir esta gran bola de caca, hubiera bastado pues con ser un escarabajo.

Y tras tanta evolución, tanto progreso y avance, desarrollo que te arrollo, mucho nos sofisticamos al tiempo que empobrecimos, siempre más complejos y otro tanto simples, cada vez más listos, cada vez más tontos, con las mirillas tapadas y los cristales torcidos, que así no es lente, es lenteja.

Habituado a devorar desde la yerba al faisán, de la rata al gran azul, del marrón al amarillo, rojo, verde o azabache, caníbales desalmados, no nos bastaba la carne de un tierno cuello al que hincar, queríamos taladrar cada capa de meninge para poder devorar la neurona, en plan caníbal, de quien se arrime hasta el diente del congénere avezado.

Mas si optas por no ser cuello, sin alas van tus vampiros, no te gires que ahí están, arrastrados por los suelos.
                                        
Luis Cardo
   

(PD: hoy tocaba críptico, yo ya me entiendo)

domingo, 23 de junio de 2013

El hombre que miraba de frente



Alguna vez escuché que no es como fue, si no como se recuerda. La historia.

Me siento incapaz de recordar cuándo, ni tampoco donde. Solo alcanzo a dar por bueno que era niño y por hecho que estaba con mi madre y, seguro también, con mi hermana. En una parada de autobús. No creo que fuera en Valencia, más bien durante aquellos años de emigrados a la metrópoli barcelonesa.

Sentado moi bajo la marquesina, esperando paciente a que llegara el mastodonte de transporte urbano que nos llevara desde aquel aquí hasta aquel otro allá, apareció por nuestra derecha, altísimo, dos metros por lo menos, barbudo y con melena, castaño, delgado, serio, no recuerdo si calzado o descalzo. Caminaba en dirección contraria por la calzada, no por el centro, por el carril más cercano a la acera, se aproximaba hacia nosotros cuando a la altura de nuestra vista coincidió en encontrada y conflictuada trayectoria con un autobús de línea, con su pasaje y su conductor camino de sus destinos.

Dejó de caminar a un metro del vehículo. Quedó hierático, en sosiego, callado, pareciera inerte mas toda su actividad se había reunido en un solo punto a la altura de su mirada, con la que plácido apuntaba al funcionario municipal. El conductor, iluso, esperó unos segundos a que aquel hippie apartara su osamenta de la calzada que por derecho pertenecía al tránsito del autobús. Ni un cabello se alteró si no fuera por el capricho del viento.

Pasado tiempo de prudencia hubo gestos y alzamiento de extremidades, rico lenguaje gestual naciendo interrogativo hasta llegar a pretender imperarse. Ni un cabello rebelde a que solo el viento le meciera.

Apenas transcurriría un largo minuto desde el encuentro. No gesticuló ni abandonó nunca su fija mirada en el conductor, mirada de paz, firme, convicta, que si escuchara su eco habría alcanzado a sentir un sencillo “querido amigo sal de tu error, conozco mi camino y no soy yo el que se siente obstáculo”.

Entre aspavientos, incrédulo, algo irritado y por la urgencia de un horario y de una vida construida de esclavitudes, el funcionario hizo girar al mastodonte hacia su izquierda y en marcha reemprendida veloz hacia sus destinos retrasados un minuto, el pasaje aquel perplejo ni a murmurar se atrevió.

 Y prosiguió caminando, no me gustan las aceras, llamadme loco, llamadme libre.

Luis Cardo

    

miércoles, 12 de junio de 2013

El peso de la paja en el ojo ajeno y el espíritu mediamarquiano




De cuando Niccolò di Bernardo dei Machiavelli usaba paletó.

Decía Maquiavelo que “en general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven”.

El joven Nicolás aprovechaba su breve tiempo de descanso para salir de “li uffici” a estirar las piernas. Si la brisa era agradable y el sol de tierna caricia caminaba unos pasos, acabando siempre apoyado en la gruesa baranda de piedra de espaldas al río Arno. Desde su punto de vista, al frente, el humano bullicio de “idayvenidas y correveidiles” hacia la “Piazza della Signoria”.

Por aquel entonces se perdió por no nacida la bella estampa de la torre del Palazzo Vecchio enmarcada por el arco bajo el corredor vasariano, que Los Medicci ordenarían construir para no tocar pie a tierra desde su residencia en Pitti, al otro lado del río, hasta sus oficinas, evitando más escraches sangrientos contra su vara de mando. El vértigo del poder cuando se siente amenaza es de fácil solución, bastando con disponer del erario que bosteza bajo llave en su cajón.

Aunque joven ya apuntaba destacada inteligencia y por ser bien conocido y de buen trato accesible, muchos eran que abordaban de Nicolás su consejo. Y aunque Gracián fuera entonces aún de nonata condición, su tratado de prudencia en esencia ya fluía como liquido por vena del amigo Nicolás y se guardaba muy bien de acompañar al consejo de suficiente advertencia sobre su punto de vista del problema cuestionado, pretendiendo así evitar que le endosaran el precio si el asunto argumentado acababa en descalabro, intentando no obtener el muy humano reproche “no hice lo que usted me dijo por ser yo tonto y no dar mi neuronal tallercito para mas hilo y puntada, debió empeñarse usted más en sacarme de mi error”.

Ni que decir tiene entonces que aquello le fue fatal.

Se abre telón, despavorido entre vides y olivares, con faldones remangados, un avispado y joven funcionario huye corriendo cuan viento de Florencia a San Casiano, perseguido y acosado por cientos o acaso miles de agraviados iletrados que ajenos a toda culpa por sus malas decisiones pretendían inmolar con escarnio en plaza pública a aquel que por ser muy listo no les sacó de su error. Fundido en sepia.

Seiscientos años después y muchas generaciones paseaba por Florencia un joven noble estudiante y al pasar por Media Markt, sin ni siquiera pensarlo ni un ápice de momento no pudo evitar decir en voz alta y que le oyeran “yo aquí no puedo comprar porque muy tonto nací”. Y como a Gracián leí, aunque parezca toscano mejor será hacerse el sueco.


Luis Cardo

viernes, 7 de junio de 2013

El pan bajo el brazo y un mareo cervical



La importancia de la siembra.

Venía inspirado a mostrarme agradecido, también a sacar conclusiones sobre los modos de caminar por el tránsito de la existencia, me sentía filósofo, maestro y alumno a vez, oyente, lector, consejero y pensante. Es tanto lo que pasa en mi vida a diario que casi a diario siento de cada día una vida, es una y miles, perpetua y eterna pues, por no alcanzar en recuerdo a asimilar tantos días ni a recordar tantas vidas. Siempre llega un bienestar a atropellar mil problemas, mas cada nuevo problema no hace temblar ni un cimiento ni encuentra pasto ya alguno donde inocular de angustia.

No había llegado a la esquina y me sentí desmayado ¡si me quedan aún mil pasos y apenas caminé veinte! Me dispuse a respirar practicando la conciencia en cada litro inspirado cuando no mas allá de diez pasos ni de cinco inspiraciones giré la vista, es costumbre, al hermoso callejón que a menudo y de soslayo atravieso en trayectoria tangente, el mismo en que hace unos días la diminuta ancianita barría con tal decoro y entregada adoración que tuve que hacer retrato.

Y fue al girarme a observar que escena se hacía regalo en el bello callejón que apenas a veinte pies de distancia de mi sombra pude avistar con sorpresa a una díscola gaviota, solitaria y carroñera, que debatía sesera en intentar entender porque no era comestible ese retal de textil que golpeaba contra acera. No se dejó retratar, desconfiada ya volaba, que la ciudad es muy grande y la carroña es tan fresca.

Fue al volver sobre mis pasos reintegrado en trayectoria cuando advertí que el mareo ya no acabaría en desmayo y que era cuestión de tiempo que los pies tocaran suelo y no me sintiera flotando sobre adoquines y asfalto, ese material tan feo sobre el que cagan los perros. Duró lo que me costó alcanzar a otro café.

A partir de ahí, sin pasión mas sin desprecio me entregué a lo mercantil, administrando el cansancio que acumulan mis meninges y obviando, que son dos días, las demandas de mis huesos.

Y en esa ida y venida por el de siempre mi barrio, perforado por mil monstruos que readoquinan arterias con compás de delineantes y tiralíneas en celdas me dio por pensar aquesto, la siguiente estupidez o brillante reflexión, que con cristal te mirarán y serás sabio o patán, los que gestionan lo nuestro y diseñan nuestro entorno desde los nobles despachos cada vez que tocan barrio entregados a su aseo por cada metro de aseo kilogramos de sabor nos restan en el intento. Quisiera un bordillo feo y con su canto rodado, quisiera farola vieja, quisiera un acordeón tocado desde la anea y a una vieja en delantal con sus habas por pelar.

Y al pensar en el sabor y no teniendo intención ni costumbre de comprar entré paseando al mercado, que no se me mueran nunca, vade retro a “carrefoures”, y tras mirar a un tomate y guiñarle a una lechuga mis pies hicieron camino hacia aquel rincón de minúsculo tamaño, donde con cofia y sonrisa, sin espacio y tan amables, despachan pan reposteras sacadas de una viñeta de infancias de allá otros tiempos, aquellos en que era costumbre el “niño ve a por el pan”.

Y me compré un pan de a cuarto, de los de toda la vida.

Luis Cardo

sábado, 1 de junio de 2013

El tiburón cobrizo y mi gorrito playero



Erase una vez un banco de sardinas buscando aguas templadas.

Piensan las sardinas que permaneciendo unidas sobrevivirán ¿piensan las sardinas? Piensan los delfines que es cuestión de tiempo que sucumban a su embiste, y que dividiendo vencerán y llegará merienda ¿piensan los delfines? En lo alto, cormoranes aletean mientras piensan en su espera en el acierto del delfín y sus empujes desde el fondo para que, ya en superficie y en condición kamikaze, llegue orgiástico el festín ¿piensa el cormorán?

Y es solo cuando el tiburón cobrizo aparece con esa actitud de aparente indiferencia, que todo el baile de aletas y plumas inicia su disposición al orden natural, depredador a depredar, sardina a tu lata que mejor fenecer en compañía que a modo de solitario mondadientes. El tiburón cobrizo piensa, y ejecuta.

En una cadena trófica el orden habita en el vértice de la pirámide.

Mas si cien mil sardinas viajan juntas con la impronta en pensamiento de no ser del diez por ciento que no alcanzarán su Cancún paradisiaco donde reproducir y perpetuarse para seguir viajando de lo fresco a lo templado y de lo templado a lo fresco ¿no será más bien acierto alejarse de los bancos, de sardinas hermanadas, y silbando despacito hacerse un paseo solitario, mar arriba o mar abajo?  

Abriguito si hace frio, desnudito si calor, opíparo si hay parné o a dieta si no hay billete, mas por tararear que no quede, silbando hacia el este o al sur, mas huyendo de corrientes por donde circulen hermanos acompañados de aquellos que alimenten su avaricia, su apetito desmedido o carroñera condición.

Un día siendo muy niño, posé en la playa algo serio, con un gorrito en mis manos, la foto quedó bonita y mi papá muy contento, quizás porque no sabía y seguro nunca supo, que estaba lleno de arena, con sus brillitos de sol o silbiditos de viento.

Luis Cardo

    

miércoles, 15 de mayo de 2013

El día que soñé en la ciudad sin nombre



En ocasiones, los ángeles.

Dicen, los que creen, que la bestia ronda. Dicen que la lucha entre el bien y el mal existe en una dimensión que se escapa a lo palpable, mas no de lo cercano. Algunos hombres buenos, algunos hombres malos. Los hay que piensan que somos en selva depredada, carroñeros, cazadores, hienas o acaso hurones, sanguijuelas, roedores, áspides, mas no leones.

Una noche tuve un sueño, no hace mucho, no hace nada, el tiempo quizás no sea más que ensoñación despierta. Me pude ver entre imágenes, como soñado retal de un collage surrealista, había caras, una jirafa, me partió un rayo, jugué a los dados y departí un rato con Monsieur Matisse y un tal Dalí. Había cigarros y caracoles, había manzanas y había limones. Pude ver olas y también miedos, a Mickey Mouse y a David Bowie. Salí del sueño como sonámbulo por autopistas de vil asfalto, el de la jungla, negras heridas cicatrizadas sobre la madre, la madre tierra, autolesiones del ser “nohumano”, para caballos de humo y metal, pastos donde alimentar la prisa por acudir a ninguna parte, regurgitando la arcada eterna.

Soñé llegar temprano a una ciudad sin nombre, cinco minutos tarde, traición del subconsciente al hábito puntual. Soñé dolor, soñé locura, soñé miradas vacías en camas blancas y también frío. Soñé una morgue y soñé con yonkis, con pedigüeñas y con la bestia. Y me hago cruces, mas franciscanas, de cómo fue y significa que entre tanto icono de retablo surreal y entre el signo del sufrir, bajo un sol abrasador y a la sombra de un arbusto se aparecieron dos ojos y la mirada más limpia que se haya posado en mí.

Y en ese preciso instante, manecilla inexorable, amanecí y volví a mi día, mas no sé si desperté.

No sé bien que es lo real, ni se bien cual el sentido del tránsito de existir, pero quisiera saber si vagando entre las sombras una mirada tan limpia acaso fuera de un ángel.

Sigo aprendiendo a leer el lenguaje de los signos, sigo atento a las señales.

Luis Cardo

martes, 30 de abril de 2013

El hombre circunspecto


Me crucé con un hombre circunspecto.

Vestía pipa, vestía lana, su chaquetita de punto gris, barba canosa a la que mesar, imperturbable, meditabundo, ni cabizalto ni cabizbajo, mirada al frente del pensamiento.

Me crucé con un hombre invierno, mirada gris, fumaba pipa, fumaba lana, su trascendencia y sabiduría manaban húmedas como el sudor. No deambulaba, mas caminaba sin balanceo, cuan sin caderas, sin emociones, en reflexión. A la verita de sus orejas otro individuo las calentaba, con “quesiestos” o “silootros”, pintaba afable y hasta cordial, mas el amigo tan circunspecto solo asentía para evitar dejar de lado sus pensamientos y al mismo tiempo considerar.

Me crucé con un hombre estructurado, de buen consejo y sentencia, mas tal como coincidimos en contraria trayectoria, mis meninges por ese entonces se hacían empape de éste siguiente elevado meditado, si somos circunstanciales, si todo es bien coyuntura, si tan leves resultamos y tan efímeros somos ¡qué carajo!, a sonreír que dos días compartimos, a la vecina del cuarto, al que habita frenopático, a la crónica del botox o a cualquiera circunspecto al que le cedas el paso pero no la intrascendencia. 

Me crucé con un hombre circunspecto, mas me hizo sentir ligero, o si mejora la rima, hizo sentirme liviano.

Luis Cardo

miércoles, 17 de abril de 2013

El aseado salmón


Si de día no balas quizás de noche mujas.

No me decidí a comprarla en aquel momento porque desde tiempo ha me parecía todo caro, lejos quedaban las almejas de Carril, tanto como Reikiavik de Vladivostok. Lo cierto es que era perfecta, no sabía entonces si el tono sería el idóneo, quizás no ante ojos visitantes, pero lo que complica a un daltónico en sus paseos por caminos de pantones puede hacer bailar lo íntimo si se entrega a lo bien básico, la vida es de colores, quien dijo mil dijo seis.


Podía ya sentir imaginado el placer de algún sentido cuando levantara naranja la tapa para orinar a juego con moldura cenital. La ventaja de vivir en minipisos es que el bricolaje no da para desriñonarse. Dos cero ocho metros cuadrados de aseo no da acogimiento a multitudes mas quién las quiere si casi todo lo que en él se puede practicar carece de la mínima estética para hacerse ver en formato pasarela versus flashes.


El caso circunstancial es que por aquel entonces llegaba mi cumpleaños, ese evento habitual que acostumbran celebrar mis congéneres coetáneos, no sé bien si era costumbre celebrarlo en Medioevo o si lo hacían los clásicos. Aquí el menda ¡cómo eres! sueña siempre escabullirse de tan señalada fecha, no por condición coqueta ya que cumplo agradecido, que nos quiten lo bailao, mas por neura matemática, solo un día más que ayer, y por síndrome salmón, la corriente para ovejas.


Pues bueno es que a uno le escuchen y mejor que a uno le entiendan y sobre todo es placer que a un lerenda bien le quieran. No necesitando nada más allá de unos garbanzos y sabiendo que los lujos los pone un amanecer en la playa en primavera, oyeronme mis amores, las que más aprecio muestran, hablar de asear aseos y sabiendo mi angostura y sin lazo, ni charol, ni pompa y por circunstancia me plantaron por regalos varios preciados enseres para alegrar la retina del presente y los que a bien tengan acomodar posadera en el servicio de mi sencilla morada.


Y como quizás lo olvide, ya no, porque queda escrito, aquí dejo la constancia de que en los años vividos y alguno hasta celebrado quedará siempre enmarcado el ajuar de los presentes de aquel año dos mil trece, en que se acabó la crisis, perspectivas que da el tiempo, en el que no hubo bombones, ni relojes, ni corbatas, si no una tapa de wáter, una cortina de ducha y un vale por una pila sencillita de lavabo, todo a juego y coordinado con el techo y la moldura pendientes de repintar.


Y aprovecho la ocasión para agradecer la atenta subvención para pintura recibida con decoro y misiva complaciente, de mi mas que querida, apreciada, compañía de seguros, que pronta y con diligencia me obsequió cincuenta pavos para suplirme los daños de aquel diluvio de marzo en que la vieja fachada del edificio que habito padeció de osteoporosis.


No queriendo así balar, pretendiendo ser salmón, si por los morros no mueres, no dudes de que tu boca tapará quien bien te quiera.

Luis Cardo

jueves, 21 de marzo de 2013

El espía era cojo



¿Qué espacio existe entre un dime y un direte?

Me había acostado mareado, no con un mareo explícito, presente, comandante, no, con uno de esos extraños que no sabes si está o no está, si viene o va, del que no esperas ni desesperas. Me había dejado hacer, el mareíto, me dejó planchar, me dejó cenar, me dejó leer, me dejó pensar. Será la tensión, pues será, o no será, pues quizás.

Me levanté mareado, no con un mareo explícito, presente y etcétera. Si al caminar no corregía el rumbo describiría círculos a derechas. Serán los nervios, o no, será la astenia, que venga. No haría mucho esa jornada, poco, ni nada, bastaría hacer, siempre un quehacer en la agenda, tanto pendiente. Cumplí con más voluntad que interés con comida de manual de cabecera: desayuno con diamantes, digo cereales, un sándwich con vegetal, plátano antes del gym y lentejas riojanas, gourmet sea el que no “bote”.

Y tras plácido descanso y sin gana de fanfarria, me dejé llevar un rato por solitario brainstorming, dije adiós a ese proyecto, para lírica mal tiempo, corregíme un par de textos, busqué sin saber buscar, si trabajo “pa” sustento o alguna idea del viento adonde poderme agarrar antes de que el aluvión nos arrastre al precipicio, que ya se estaba notando ceder al que quieren llaman firme.

Entonces vino el recuerdo de que alguien días atrás me hizo pensar sobre aquello que reluce mas no es oro, y me vino Maquiavelo, astucia e hipocresía, de la manita de Freud, no existe indeterminismo, y llamaron, toc toc toc, a mis dormiditas neuras, les acompañaba escolta, corte de mil pseudologos, aquellos griegos espíritus representando lo falso, y fueron pasando juntos a auditar en mis neuronas buscando conversaciones pendientes de hacer repaso, y acuchillaron abrigos de lo cándido inocente que no dejaba que el bosque asomara tras un pino.

Solo les dejé un tiempito que jugaran a sus juegos, podía verlos de espaldas entretenidos en ellos, mas yo esbocé una sonrisa y me puse juguetón, me así fuerte a los pomos del portón del pensamiento y a modo de repentino y traicionero huracán de un portazo todos prestos se esfumaron, tomar viento, y a polvorosa partieron, retomando mi meninge para leer un ratito las andanzas de Takeo.

Alguien comentó hace tiempo sobre que nada es casual cuando la lengua se suelta, mas a veces es más práctico practicar el caso omiso para que así nuestras vidas no tengan a mal parecer la de aquél espía cojo al que se oía venir por la cadencia del ritmo de sus pies no acompasados.

El que lo entienda, chapeau, y el que no, nada se pierde.

Luis Cardo

domingo, 17 de marzo de 2013

El cardenal que surgió del tango



A veces, los hombres.
                                                                     
“Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?”, dicen algunos que en el momento del óbito la vida pasa en modo cinematográfico y formato lapsus por nuestra retina. Jorge no necesitó estar en ese trance para sentir el paso de todo lo vivido como un deja vu de su memoria. Y así volvió a vivir el barro en sus rodillas, los balonazos y las patadas en el colegio, a su mamá de espaldas en la cocina y esos aromas entre el puchero y la loza. Y los días menos en que papá le colaba en su locomotora dejándole hacer sonar silbidos mientras aquella pesada mole de hierro se internaba en el vértigo del túnel fundido en negro.

El resto no le pasó, o mas bien no le pesó, o le pasó mas sin verlo, no había libros ni codos, seminarios ni enseñanzas, sí aquel flirteo adolescente, mas no audiencias, protocolos, anillos ni besamanos, no vio los cargos ni conferencias, ni se vio en púrpura o con reliquia.

“Quo nomine vis vocari?” Yo quiero amar al descalzo y lavar sus pies desnudos, no quiero ni monedero, ni bolsón, ni las sandalias... Podéis llamarme Francisco y os enseñaré a ser pobres y a trabajar desde el norte, aquel que más bien perdimos.

Y después de encomendarse, tranquilo salió al balcón, tranquilo por su apariencia, mas no falto de emoción, pareciera que bajo el blanco aun le temblaran las piernas como en aquellos años lejanos y adolescentes, subiendo la escalerilla frente al jefe de estación o simulando dar pasos agarrado a una pibita de mejilla sonrosada, seducido por las notas de un Gardel, en la cocina, tras mamá tarareando.

Hay veces, algunas veces, en que aparecen los hombres, los hombres que fueron niños y conservan su sonrisa, la del párvulo ignorante de lo que la vida lleva, hombres a los que nunca parece haberles cambiado el tránsito conocido. Y a veces hay hombres que miran y desde la incredulidad ven aparecer los hombres que pueden cambiar las vidas.

Y entre tanta humanidad, a veces, los hombres.

Luis Cardo

jueves, 14 de marzo de 2013

El relato inteligible



La importancia de hacerse entender.
                                                                                   
Ya eran más de las nueve y media de la noche, había vuelto a sonar mi móvil, aunque decir sonar es mentir, como era costumbre tenía desactivado el sonido. Escuché el buzón de voz, hola buenas noches, soy el perito…. era su tercer, quizás cuarto mensaje, mantenía su habitual corrección aunque apuntaba ya tono hacia el hartazgo. De vez en cuanto intento, creedme, activar el sonido del teléfono, pero creo que me resultó más sencillo en su día dejar de fumar, a veces los hábitos se arraigan como la sanguijuela a una vena amada.

Bien, por fín podría auditar este amable señor las humedades, elaborar su parte, enviarlo a la compañía de seguros y así la cortina que lleva una semana deambulando por casa podrá ser fijada, taco y tornillo, de nuevo al techo, de donde no debío ceder por empuje de las lluvias. La fachada de la finca donde habito está orientada al noreste y cuando la tromba de agua es empujada por el viento de gregal no resiste bien su envite y cede como el azúcar cuando le agobia el café.

Tras un día de vaivenes y paseo con amigos, llegué a mi casa cansado, mas no tanto como hambriento. Desde que vivo solo y, por coyuntura, escaso de presupuesto, había adquirido la siguiente costumbre en cuanto al alimento, hacer una compra a veces, con bien meditado cálculo del coste de lo invertido, pretendiendo el equilibrio en la dieta a administrar e ir vaciando despensa hasta tenerla agotada, solo entonces reponer. Así pues, con este método, solía llegar, en los días más lejanos a aquel en que haber comprado, a sentirse uno cuan Chaplin merendándose un zapato en “La quimera del oro”.

Llegado pués a este párrafo, abandonaré el relato, para, a modo de carta de sencillo restaurant, pasar a hacerles mención, mis muy queridos lectores, de mi cena de esa noche, noche la de aquel día tan lejano a fin de més, aunque eso sería importante si alguien tuviera a bien en abonarme una nómina en alguna fecha fija.

- Seis aceitunitas negras, con su textura perlada, y huesecito andaluz.
- Dos tostadas, pan de molde, que caducaron antaño, su pasado tan reciente, que con miajita de horno, advinieron en crujiente.
- Unte escaso de mahonesa, tras evitar que el envase, de capsula tan moderna, se llevara a la basura sus diez gramitos de salsa, que donde haya tijera.
- Una lonchita de lomo, con su adobo y sin grasita.
- Culito tinto de vino para bien mojarse el labio.
- Y de postre hasta tres piezas, verde, naranja y azul, que no son fruta ni lácteo, sino dulces lacasitos.

La cena duró un minuto, quizás un minuto diez, y no siendo ella abundante, por lo menos al siguiente puede calzarme dos piezas, una para cada pie.

Luis Cardo