jueves, 21 de marzo de 2013

El espía era cojo



¿Qué espacio existe entre un dime y un direte?

Me había acostado mareado, no con un mareo explícito, presente, comandante, no, con uno de esos extraños que no sabes si está o no está, si viene o va, del que no esperas ni desesperas. Me había dejado hacer, el mareíto, me dejó planchar, me dejó cenar, me dejó leer, me dejó pensar. Será la tensión, pues será, o no será, pues quizás.

Me levanté mareado, no con un mareo explícito, presente y etcétera. Si al caminar no corregía el rumbo describiría círculos a derechas. Serán los nervios, o no, será la astenia, que venga. No haría mucho esa jornada, poco, ni nada, bastaría hacer, siempre un quehacer en la agenda, tanto pendiente. Cumplí con más voluntad que interés con comida de manual de cabecera: desayuno con diamantes, digo cereales, un sándwich con vegetal, plátano antes del gym y lentejas riojanas, gourmet sea el que no “bote”.

Y tras plácido descanso y sin gana de fanfarria, me dejé llevar un rato por solitario brainstorming, dije adiós a ese proyecto, para lírica mal tiempo, corregíme un par de textos, busqué sin saber buscar, si trabajo “pa” sustento o alguna idea del viento adonde poderme agarrar antes de que el aluvión nos arrastre al precipicio, que ya se estaba notando ceder al que quieren llaman firme.

Entonces vino el recuerdo de que alguien días atrás me hizo pensar sobre aquello que reluce mas no es oro, y me vino Maquiavelo, astucia e hipocresía, de la manita de Freud, no existe indeterminismo, y llamaron, toc toc toc, a mis dormiditas neuras, les acompañaba escolta, corte de mil pseudologos, aquellos griegos espíritus representando lo falso, y fueron pasando juntos a auditar en mis neuronas buscando conversaciones pendientes de hacer repaso, y acuchillaron abrigos de lo cándido inocente que no dejaba que el bosque asomara tras un pino.

Solo les dejé un tiempito que jugaran a sus juegos, podía verlos de espaldas entretenidos en ellos, mas yo esbocé una sonrisa y me puse juguetón, me así fuerte a los pomos del portón del pensamiento y a modo de repentino y traicionero huracán de un portazo todos prestos se esfumaron, tomar viento, y a polvorosa partieron, retomando mi meninge para leer un ratito las andanzas de Takeo.

Alguien comentó hace tiempo sobre que nada es casual cuando la lengua se suelta, mas a veces es más práctico practicar el caso omiso para que así nuestras vidas no tengan a mal parecer la de aquél espía cojo al que se oía venir por la cadencia del ritmo de sus pies no acompasados.

El que lo entienda, chapeau, y el que no, nada se pierde.

Luis Cardo

domingo, 17 de marzo de 2013

El cardenal que surgió del tango



A veces, los hombres.
                                                                     
“Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem?”, dicen algunos que en el momento del óbito la vida pasa en modo cinematográfico y formato lapsus por nuestra retina. Jorge no necesitó estar en ese trance para sentir el paso de todo lo vivido como un deja vu de su memoria. Y así volvió a vivir el barro en sus rodillas, los balonazos y las patadas en el colegio, a su mamá de espaldas en la cocina y esos aromas entre el puchero y la loza. Y los días menos en que papá le colaba en su locomotora dejándole hacer sonar silbidos mientras aquella pesada mole de hierro se internaba en el vértigo del túnel fundido en negro.

El resto no le pasó, o mas bien no le pesó, o le pasó mas sin verlo, no había libros ni codos, seminarios ni enseñanzas, sí aquel flirteo adolescente, mas no audiencias, protocolos, anillos ni besamanos, no vio los cargos ni conferencias, ni se vio en púrpura o con reliquia.

“Quo nomine vis vocari?” Yo quiero amar al descalzo y lavar sus pies desnudos, no quiero ni monedero, ni bolsón, ni las sandalias... Podéis llamarme Francisco y os enseñaré a ser pobres y a trabajar desde el norte, aquel que más bien perdimos.

Y después de encomendarse, tranquilo salió al balcón, tranquilo por su apariencia, mas no falto de emoción, pareciera que bajo el blanco aun le temblaran las piernas como en aquellos años lejanos y adolescentes, subiendo la escalerilla frente al jefe de estación o simulando dar pasos agarrado a una pibita de mejilla sonrosada, seducido por las notas de un Gardel, en la cocina, tras mamá tarareando.

Hay veces, algunas veces, en que aparecen los hombres, los hombres que fueron niños y conservan su sonrisa, la del párvulo ignorante de lo que la vida lleva, hombres a los que nunca parece haberles cambiado el tránsito conocido. Y a veces hay hombres que miran y desde la incredulidad ven aparecer los hombres que pueden cambiar las vidas.

Y entre tanta humanidad, a veces, los hombres.

Luis Cardo

jueves, 14 de marzo de 2013

El relato inteligible



La importancia de hacerse entender.
                                                                                   
Ya eran más de las nueve y media de la noche, había vuelto a sonar mi móvil, aunque decir sonar es mentir, como era costumbre tenía desactivado el sonido. Escuché el buzón de voz, hola buenas noches, soy el perito…. era su tercer, quizás cuarto mensaje, mantenía su habitual corrección aunque apuntaba ya tono hacia el hartazgo. De vez en cuanto intento, creedme, activar el sonido del teléfono, pero creo que me resultó más sencillo en su día dejar de fumar, a veces los hábitos se arraigan como la sanguijuela a una vena amada.

Bien, por fín podría auditar este amable señor las humedades, elaborar su parte, enviarlo a la compañía de seguros y así la cortina que lleva una semana deambulando por casa podrá ser fijada, taco y tornillo, de nuevo al techo, de donde no debío ceder por empuje de las lluvias. La fachada de la finca donde habito está orientada al noreste y cuando la tromba de agua es empujada por el viento de gregal no resiste bien su envite y cede como el azúcar cuando le agobia el café.

Tras un día de vaivenes y paseo con amigos, llegué a mi casa cansado, mas no tanto como hambriento. Desde que vivo solo y, por coyuntura, escaso de presupuesto, había adquirido la siguiente costumbre en cuanto al alimento, hacer una compra a veces, con bien meditado cálculo del coste de lo invertido, pretendiendo el equilibrio en la dieta a administrar e ir vaciando despensa hasta tenerla agotada, solo entonces reponer. Así pues, con este método, solía llegar, en los días más lejanos a aquel en que haber comprado, a sentirse uno cuan Chaplin merendándose un zapato en “La quimera del oro”.

Llegado pués a este párrafo, abandonaré el relato, para, a modo de carta de sencillo restaurant, pasar a hacerles mención, mis muy queridos lectores, de mi cena de esa noche, noche la de aquel día tan lejano a fin de més, aunque eso sería importante si alguien tuviera a bien en abonarme una nómina en alguna fecha fija.

- Seis aceitunitas negras, con su textura perlada, y huesecito andaluz.
- Dos tostadas, pan de molde, que caducaron antaño, su pasado tan reciente, que con miajita de horno, advinieron en crujiente.
- Unte escaso de mahonesa, tras evitar que el envase, de capsula tan moderna, se llevara a la basura sus diez gramitos de salsa, que donde haya tijera.
- Una lonchita de lomo, con su adobo y sin grasita.
- Culito tinto de vino para bien mojarse el labio.
- Y de postre hasta tres piezas, verde, naranja y azul, que no son fruta ni lácteo, sino dulces lacasitos.

La cena duró un minuto, quizás un minuto diez, y no siendo ella abundante, por lo menos al siguiente puede calzarme dos piezas, una para cada pie.

Luis Cardo

sábado, 9 de marzo de 2013

El toro laqueado



La cuestión piramidal.
                                                                                   
El té era magnífico, chino, tan claro, clarete, ni edulcorado ni mareado, tibio de su marmita tetera oriental. El habla de la misma paz del té ¿y ahora qué? estaba pensando en pato, laqueado, aquí no se ve. No se ve lacado, aporcelanado, lo nuestro es el gotelé, estuco patrio, no alisamos muros si en el revestir basta escupitajo. Estetas mundi, no se ve, no está.

La semana es de pasión, desde la lluvia intensa al asomo de sazón, de extinción comunitaria a expediente regulador, de inspección, concurso, quiebra y trote que viene el coco, de solitaria y fría vigilia, migraña loca y sudor batido de cuerpos amantes. Semana de comandante allende muerto en el trópico y tanatorio a la vera, de ilusión nonata ni proyección, sin crédito, ni valor, los posibles son cañís, ¿tu los ves? no están pues. No nos estuca el bolsillo ni Otilio, país de Pepes, un cubo a cada gotera y achicando que es gerundio.

Será por el helenismo de antiguo que dice así, o quizás no, mas de así algo, del drama fugit por la tragedia o por la comedia.

Pongámonos pues de metáfora galena, miles de días asmáticos y el aire que llega menos si más ansia hay en tenerlo. Y puede que a la salud se llegue cuando sin aire traqueotomices tu cuello, vigilando yugular. Entonces llega el humor, y la intuición pide paso a tanto razonamiento pasto del moho y la telaraña.

Así fue que llegó sábado, y mi niña floreció desde el lunes de pasión a la pasión de levante, playa y brisa, mascletá y aroma de margaritas. Y entre salitre y bondades, dos espejos destruidos desafiando al mal fario, mal tiempo es para narcisos aunque primavera apunte.

Y a las cinco, hora del té, frente a albero, mis compadres, sin bota y no sé sin puro, compartieron hoy la sombra para ver muertos a ocho, sin botines, tan descalzos, “depredadorus mundi”, en cima de la pirámide, con orgullo por ser hombre y no cualquier animal y no aspirar a filete, torturado y estocado, acabar en barbacoa, ser curado cuan jamón o sabroso laqueado.

Luis Cardo

martes, 5 de marzo de 2013

El lunes mojado



La húmeda y real cuestión.
                                                               
Las echaba de menos, semanas sin saludarlas, se habían crecido, tamaño y número, eran cientos, no ya decenas, si son garzas ¿serán cientas? Los humedales cenegaban, desaguados, no presionaban ya al freático apantanados de kilolitros acuosos, volvían a ser barro y esperaban la rotura, y tras rotura con calma placerán buscando al sol de la vera y de la prima, para ser pasto nuevo de nueva siembra, y mientras tanto cobijo de gusano alimento.

Siendo marzo era ahora invierno, primera línea de agenda rota por moco infante, carita sonrosada, tímpano abierto, ojitos mustios, dame tu padecer, tengo plaquetas para tus males. El frío era frío, la lluvia fría, la nube helada. Frío en el banco, fría la calle, el viento frío, y los rostros. Húmedos todos, lo dice el hueso. Siempre adoré los lunes, mas éste no. Centro médico, capucha, irritado el colon, no el carácter, limpiaparabrisas, el café achicoria, se me come el tiempo y el requerimiento, maldita inspección, siembras para el diezmo.

Pero sabio el gitano me canta desde hace días, que si somos isótopos, si entre la corteza y el núcleo hay un espacio vacío, pues toma química, toma que toma que toma. Por bulería despierto y me sacudo este invierno, si la flor no despereza, si mis pétalos abiertos.

Y así he transitado el lunes, de lo húmedo a mojado y de mojado a lo húmedo, pero si somos isótopos y tenemos impermeables, la humedad puede calar, pero el reuma, el que nos lastra, no es somático, es la neura.

Bienvenida primavera, no te veo mas te espero, y mientras despiertas y llegas, calentita, a remover las hormonas y a despertar feromonas, yo voy abriendo los poros y marcándome un compás, si el espacio está vacío, será tarea llenarlo.

Luis Cardo