miércoles, 15 de mayo de 2013

El día que soñé en la ciudad sin nombre



En ocasiones, los ángeles.

Dicen, los que creen, que la bestia ronda. Dicen que la lucha entre el bien y el mal existe en una dimensión que se escapa a lo palpable, mas no de lo cercano. Algunos hombres buenos, algunos hombres malos. Los hay que piensan que somos en selva depredada, carroñeros, cazadores, hienas o acaso hurones, sanguijuelas, roedores, áspides, mas no leones.

Una noche tuve un sueño, no hace mucho, no hace nada, el tiempo quizás no sea más que ensoñación despierta. Me pude ver entre imágenes, como soñado retal de un collage surrealista, había caras, una jirafa, me partió un rayo, jugué a los dados y departí un rato con Monsieur Matisse y un tal Dalí. Había cigarros y caracoles, había manzanas y había limones. Pude ver olas y también miedos, a Mickey Mouse y a David Bowie. Salí del sueño como sonámbulo por autopistas de vil asfalto, el de la jungla, negras heridas cicatrizadas sobre la madre, la madre tierra, autolesiones del ser “nohumano”, para caballos de humo y metal, pastos donde alimentar la prisa por acudir a ninguna parte, regurgitando la arcada eterna.

Soñé llegar temprano a una ciudad sin nombre, cinco minutos tarde, traición del subconsciente al hábito puntual. Soñé dolor, soñé locura, soñé miradas vacías en camas blancas y también frío. Soñé una morgue y soñé con yonkis, con pedigüeñas y con la bestia. Y me hago cruces, mas franciscanas, de cómo fue y significa que entre tanto icono de retablo surreal y entre el signo del sufrir, bajo un sol abrasador y a la sombra de un arbusto se aparecieron dos ojos y la mirada más limpia que se haya posado en mí.

Y en ese preciso instante, manecilla inexorable, amanecí y volví a mi día, mas no sé si desperté.

No sé bien que es lo real, ni se bien cual el sentido del tránsito de existir, pero quisiera saber si vagando entre las sombras una mirada tan limpia acaso fuera de un ángel.

Sigo aprendiendo a leer el lenguaje de los signos, sigo atento a las señales.

Luis Cardo