domingo, 30 de junio de 2013

El vampiro sin alas de Düsseldorf



Erase una vez, en una galaxia no muy lejana….

En aquellos tiempos bastaba el amparo de las oscuras sombras de la noche para practicar el acecho más cruel contra indefensas criaturas. No era rival el sereno ni chivata la farola. Cualquier psicópata chupasangres con mediana inteligencia camparía a sus anchas a por sujeto objetivo, subjetivo a por su objeto.  

Todos podemos ser cuello, no todos vampiros.

Düsseldorf existe en cada imperio de cemento y asfalto, alcantarilla y cable, incluso en cualquier campiña. Todo se nos puso a disposición generosamente, y encima de la pirámide, con todos los mimbres, todo ingenio y herramienta solo capaces fuimos de construir esta gran bola de caca, hubiera bastado pues con ser un escarabajo.

Y tras tanta evolución, tanto progreso y avance, desarrollo que te arrollo, mucho nos sofisticamos al tiempo que empobrecimos, siempre más complejos y otro tanto simples, cada vez más listos, cada vez más tontos, con las mirillas tapadas y los cristales torcidos, que así no es lente, es lenteja.

Habituado a devorar desde la yerba al faisán, de la rata al gran azul, del marrón al amarillo, rojo, verde o azabache, caníbales desalmados, no nos bastaba la carne de un tierno cuello al que hincar, queríamos taladrar cada capa de meninge para poder devorar la neurona, en plan caníbal, de quien se arrime hasta el diente del congénere avezado.

Mas si optas por no ser cuello, sin alas van tus vampiros, no te gires que ahí están, arrastrados por los suelos.
                                        
Luis Cardo
   

(PD: hoy tocaba críptico, yo ya me entiendo)

domingo, 23 de junio de 2013

El hombre que miraba de frente



Alguna vez escuché que no es como fue, si no como se recuerda. La historia.

Me siento incapaz de recordar cuándo, ni tampoco donde. Solo alcanzo a dar por bueno que era niño y por hecho que estaba con mi madre y, seguro también, con mi hermana. En una parada de autobús. No creo que fuera en Valencia, más bien durante aquellos años de emigrados a la metrópoli barcelonesa.

Sentado moi bajo la marquesina, esperando paciente a que llegara el mastodonte de transporte urbano que nos llevara desde aquel aquí hasta aquel otro allá, apareció por nuestra derecha, altísimo, dos metros por lo menos, barbudo y con melena, castaño, delgado, serio, no recuerdo si calzado o descalzo. Caminaba en dirección contraria por la calzada, no por el centro, por el carril más cercano a la acera, se aproximaba hacia nosotros cuando a la altura de nuestra vista coincidió en encontrada y conflictuada trayectoria con un autobús de línea, con su pasaje y su conductor camino de sus destinos.

Dejó de caminar a un metro del vehículo. Quedó hierático, en sosiego, callado, pareciera inerte mas toda su actividad se había reunido en un solo punto a la altura de su mirada, con la que plácido apuntaba al funcionario municipal. El conductor, iluso, esperó unos segundos a que aquel hippie apartara su osamenta de la calzada que por derecho pertenecía al tránsito del autobús. Ni un cabello se alteró si no fuera por el capricho del viento.

Pasado tiempo de prudencia hubo gestos y alzamiento de extremidades, rico lenguaje gestual naciendo interrogativo hasta llegar a pretender imperarse. Ni un cabello rebelde a que solo el viento le meciera.

Apenas transcurriría un largo minuto desde el encuentro. No gesticuló ni abandonó nunca su fija mirada en el conductor, mirada de paz, firme, convicta, que si escuchara su eco habría alcanzado a sentir un sencillo “querido amigo sal de tu error, conozco mi camino y no soy yo el que se siente obstáculo”.

Entre aspavientos, incrédulo, algo irritado y por la urgencia de un horario y de una vida construida de esclavitudes, el funcionario hizo girar al mastodonte hacia su izquierda y en marcha reemprendida veloz hacia sus destinos retrasados un minuto, el pasaje aquel perplejo ni a murmurar se atrevió.

 Y prosiguió caminando, no me gustan las aceras, llamadme loco, llamadme libre.

Luis Cardo

    

miércoles, 12 de junio de 2013

El peso de la paja en el ojo ajeno y el espíritu mediamarquiano




De cuando Niccolò di Bernardo dei Machiavelli usaba paletó.

Decía Maquiavelo que “en general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven”.

El joven Nicolás aprovechaba su breve tiempo de descanso para salir de “li uffici” a estirar las piernas. Si la brisa era agradable y el sol de tierna caricia caminaba unos pasos, acabando siempre apoyado en la gruesa baranda de piedra de espaldas al río Arno. Desde su punto de vista, al frente, el humano bullicio de “idayvenidas y correveidiles” hacia la “Piazza della Signoria”.

Por aquel entonces se perdió por no nacida la bella estampa de la torre del Palazzo Vecchio enmarcada por el arco bajo el corredor vasariano, que Los Medicci ordenarían construir para no tocar pie a tierra desde su residencia en Pitti, al otro lado del río, hasta sus oficinas, evitando más escraches sangrientos contra su vara de mando. El vértigo del poder cuando se siente amenaza es de fácil solución, bastando con disponer del erario que bosteza bajo llave en su cajón.

Aunque joven ya apuntaba destacada inteligencia y por ser bien conocido y de buen trato accesible, muchos eran que abordaban de Nicolás su consejo. Y aunque Gracián fuera entonces aún de nonata condición, su tratado de prudencia en esencia ya fluía como liquido por vena del amigo Nicolás y se guardaba muy bien de acompañar al consejo de suficiente advertencia sobre su punto de vista del problema cuestionado, pretendiendo así evitar que le endosaran el precio si el asunto argumentado acababa en descalabro, intentando no obtener el muy humano reproche “no hice lo que usted me dijo por ser yo tonto y no dar mi neuronal tallercito para mas hilo y puntada, debió empeñarse usted más en sacarme de mi error”.

Ni que decir tiene entonces que aquello le fue fatal.

Se abre telón, despavorido entre vides y olivares, con faldones remangados, un avispado y joven funcionario huye corriendo cuan viento de Florencia a San Casiano, perseguido y acosado por cientos o acaso miles de agraviados iletrados que ajenos a toda culpa por sus malas decisiones pretendían inmolar con escarnio en plaza pública a aquel que por ser muy listo no les sacó de su error. Fundido en sepia.

Seiscientos años después y muchas generaciones paseaba por Florencia un joven noble estudiante y al pasar por Media Markt, sin ni siquiera pensarlo ni un ápice de momento no pudo evitar decir en voz alta y que le oyeran “yo aquí no puedo comprar porque muy tonto nací”. Y como a Gracián leí, aunque parezca toscano mejor será hacerse el sueco.


Luis Cardo

viernes, 7 de junio de 2013

El pan bajo el brazo y un mareo cervical



La importancia de la siembra.

Venía inspirado a mostrarme agradecido, también a sacar conclusiones sobre los modos de caminar por el tránsito de la existencia, me sentía filósofo, maestro y alumno a vez, oyente, lector, consejero y pensante. Es tanto lo que pasa en mi vida a diario que casi a diario siento de cada día una vida, es una y miles, perpetua y eterna pues, por no alcanzar en recuerdo a asimilar tantos días ni a recordar tantas vidas. Siempre llega un bienestar a atropellar mil problemas, mas cada nuevo problema no hace temblar ni un cimiento ni encuentra pasto ya alguno donde inocular de angustia.

No había llegado a la esquina y me sentí desmayado ¡si me quedan aún mil pasos y apenas caminé veinte! Me dispuse a respirar practicando la conciencia en cada litro inspirado cuando no mas allá de diez pasos ni de cinco inspiraciones giré la vista, es costumbre, al hermoso callejón que a menudo y de soslayo atravieso en trayectoria tangente, el mismo en que hace unos días la diminuta ancianita barría con tal decoro y entregada adoración que tuve que hacer retrato.

Y fue al girarme a observar que escena se hacía regalo en el bello callejón que apenas a veinte pies de distancia de mi sombra pude avistar con sorpresa a una díscola gaviota, solitaria y carroñera, que debatía sesera en intentar entender porque no era comestible ese retal de textil que golpeaba contra acera. No se dejó retratar, desconfiada ya volaba, que la ciudad es muy grande y la carroña es tan fresca.

Fue al volver sobre mis pasos reintegrado en trayectoria cuando advertí que el mareo ya no acabaría en desmayo y que era cuestión de tiempo que los pies tocaran suelo y no me sintiera flotando sobre adoquines y asfalto, ese material tan feo sobre el que cagan los perros. Duró lo que me costó alcanzar a otro café.

A partir de ahí, sin pasión mas sin desprecio me entregué a lo mercantil, administrando el cansancio que acumulan mis meninges y obviando, que son dos días, las demandas de mis huesos.

Y en esa ida y venida por el de siempre mi barrio, perforado por mil monstruos que readoquinan arterias con compás de delineantes y tiralíneas en celdas me dio por pensar aquesto, la siguiente estupidez o brillante reflexión, que con cristal te mirarán y serás sabio o patán, los que gestionan lo nuestro y diseñan nuestro entorno desde los nobles despachos cada vez que tocan barrio entregados a su aseo por cada metro de aseo kilogramos de sabor nos restan en el intento. Quisiera un bordillo feo y con su canto rodado, quisiera farola vieja, quisiera un acordeón tocado desde la anea y a una vieja en delantal con sus habas por pelar.

Y al pensar en el sabor y no teniendo intención ni costumbre de comprar entré paseando al mercado, que no se me mueran nunca, vade retro a “carrefoures”, y tras mirar a un tomate y guiñarle a una lechuga mis pies hicieron camino hacia aquel rincón de minúsculo tamaño, donde con cofia y sonrisa, sin espacio y tan amables, despachan pan reposteras sacadas de una viñeta de infancias de allá otros tiempos, aquellos en que era costumbre el “niño ve a por el pan”.

Y me compré un pan de a cuarto, de los de toda la vida.

Luis Cardo

sábado, 1 de junio de 2013

El tiburón cobrizo y mi gorrito playero



Erase una vez un banco de sardinas buscando aguas templadas.

Piensan las sardinas que permaneciendo unidas sobrevivirán ¿piensan las sardinas? Piensan los delfines que es cuestión de tiempo que sucumban a su embiste, y que dividiendo vencerán y llegará merienda ¿piensan los delfines? En lo alto, cormoranes aletean mientras piensan en su espera en el acierto del delfín y sus empujes desde el fondo para que, ya en superficie y en condición kamikaze, llegue orgiástico el festín ¿piensa el cormorán?

Y es solo cuando el tiburón cobrizo aparece con esa actitud de aparente indiferencia, que todo el baile de aletas y plumas inicia su disposición al orden natural, depredador a depredar, sardina a tu lata que mejor fenecer en compañía que a modo de solitario mondadientes. El tiburón cobrizo piensa, y ejecuta.

En una cadena trófica el orden habita en el vértice de la pirámide.

Mas si cien mil sardinas viajan juntas con la impronta en pensamiento de no ser del diez por ciento que no alcanzarán su Cancún paradisiaco donde reproducir y perpetuarse para seguir viajando de lo fresco a lo templado y de lo templado a lo fresco ¿no será más bien acierto alejarse de los bancos, de sardinas hermanadas, y silbando despacito hacerse un paseo solitario, mar arriba o mar abajo?  

Abriguito si hace frio, desnudito si calor, opíparo si hay parné o a dieta si no hay billete, mas por tararear que no quede, silbando hacia el este o al sur, mas huyendo de corrientes por donde circulen hermanos acompañados de aquellos que alimenten su avaricia, su apetito desmedido o carroñera condición.

Un día siendo muy niño, posé en la playa algo serio, con un gorrito en mis manos, la foto quedó bonita y mi papá muy contento, quizás porque no sabía y seguro nunca supo, que estaba lleno de arena, con sus brillitos de sol o silbiditos de viento.

Luis Cardo