martes, 9 de julio de 2013

Barrunto si debo


No nos crecieron las piernas para tenerlas cruzadas.

No era un día nublado, ni siquiera gris, tampoco soleado, ni luminoso o frío, ni cálido. No era un día cualquiera, tampoco especial. No era domingo, ni martes, ni jueves. Para ella no era importante pues solo miraba al suelo.

Se había muerto un lunes a la hora de la cena, se había muerto el martes, luego murió en miércoles. Murió con cada guantazo, en su cara o en su estima, con cada desprecio, con cada mal gesto, en cada mañana, por despertar a su lado, más bien a sus pies.

No lo decidió, no pensó, no hubo plan, ni ánimo y ya ni miedo de tanto tragar. El destino habita tras el picaporte, en ocasiones, basta decir basta. Salió sin más, descalza, desnuda, deshecha y entera, con sólo su ser por valija y con todo su yo por respuesta. Lo supo entonces, sí debía, era un deber.

Y no lo volvió a ver nunca, ni cuando lo tuvo enfrente.

Luis Cardo

miércoles, 3 de julio de 2013

Arbolando sin mastil


“¡Seré novato!” musitó bajito, “en sábado mirando al oeste”. Un rayito de sol de amanecer de estío mediterráneo inundó su espacio tras penetrar cálido por vitrina y hacerse dueño del cajero automático, rebotado en sus blancos perfiles lacados y en sus metales y lunas. Sintiose Olaf habitando una bombilla a merced de un interruptor.

Se revolvió en su saco de dormir y quedó mirando al techo de talla enyesado, recordó en instante sus cincuenta años madrugados, los del colegio, del instituto, la facultad, de sus trabajos, de biberones, de hacer deporte o viajar, y los mejores, los del placer de ver el día despertar tras él. No se hizo aquel día pregunta de cómo llegó hasta allí, ya sabía sus respuestas, eran tantas y tan necias.

“No habrá más noches” fue su sentencia, acicaló su fardo y mesó sus barbas. Salió animoso a vaciarse y en el primer contenedor, retuvo aseo el que siempre tuvo, vertió en pleno todo su peso. Con tres monedas tomo café, zumo y croissant. Llegó hasta el mar caminando, pasose horas respirando, como si fuera alimento, el salitre por nariz y por el ojo belleza de juegos de mar y nubes.

Y antes de que anocheciera traidor el sol a su espalda, acabó meditación y silencioso se despidió de los vivos, se despojó del harapo y ante los ojos anónimos de los que le presenciaban, desnudo solo de bienes, vestido de lo vivido se fue a bailar con las olas dejándose trascender en memorias o en olvidos.

Solo unos años atrás, le llamaban Don Olaf, pero así es la economía.

Luis Cardo