miércoles, 26 de noviembre de 2014

Ese de sepia, eme de mújol


Erase que se era un pez gregario de cabeza aplastada, gruesos los labios, cuerpilargo y resultón. Erase una vez un mújol.

Erase la misma vez que se era aquel buen mújol, un cefalópodo de cuerpo ovalado, de concha caliza cubierta de piel. Erase una vez una sepia.

Y como misma vez fuera, he te aquí que se encontraron en alba de cielo gris el morrudo y la ovalada, deambulando por un mar acenagado y returbio. Se intercambiaron saludos, “buenos días” “buenos sean” ¿como vas de huevas, guapo? “tirandito, no me quejo, cierto es que hubo mejores, pero cierto sea también que de trances peores supuré”.

Erase una vez un mar que mutaba entre los platas y azules, un mar tanto de ola brava como de la calma chicha, de cálidos y fríos temblores, de espumas y de corrientes, un mar en el que vivían sepias, mújoles y gambas, compartiendo el alimento y ajenos a tiburones.

Hubo una vez un mar en el planeta Utopía.

Luis Cardo

lunes, 10 de noviembre de 2014

Génesis de Abilinio Dopenmeister


El día que iba a nacer Abilinio Dopenmeister no estaba de humor.

El tiempo de maduración en seno materno no había sido un vano abandono a la tarea de su engorde y maduración en entorno líquido. La inmersión ahora amniótica, y esto iba a ser una constante futura al sumergirse, le facilitaba una ralentización del maná de sus pensamientos. Esta menor velocidad en el nacimiento de sus ideas dotaba y dotaría siempre a las mismas de preclaridad y armonía.

El día que iba a nacer Abilinio pensaba en la gravedad. “No me va a resultar fácil tener que vencer al peso, creo que se va imponer lo denso cuando precise fluir”.

El día que iba a nacer Abilinio tenía miedo porque se sentía inhábil y temía a las miradas… “será necesario vestirse, mas quisiera andar desnudo, y no solo de hábito, también de acopio de muda”.

Sabía lo que iba a ser y adónde iba a llegar, mas el punto de inflexión le mantuvo preocupado, y entre tanto pensamiento pronto alcanzó a comprender por qué su primera voz después de que la luz le inundara debía ser llanto extremo, el mismo que, aunque en silencio, retornara cuando apague.

El día que iba a nacer Abilinio Dopenmeister no estaba de humor y por ello decidió sonreir ante lo único inevitable. Así fue que trascendió al nacer en aquel mundo global, al que dio la vuelta al orbe con este su pie de foto “nace en Wotslavia tras fácil parto un bebé entre carcajadas”.

Y el mundo quedó perplejo por no poder comprender.

Luis Cardo

martes, 22 de julio de 2014

Parafábula del mono, la maroma y la soga al cuello


Avanzado el año veinte después de Q84, era primaria del periodo somangustino, en los polos muere el hielo y bajo la regencia del dios kptal los humanos gimen.

Sobre una concurrida bajoplanicie y en mediorelieve, sople gregal o sudeste, un mono se entrega a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que le supera tres cuerpos en altura con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. En cada tobillo y muñeca lleva anudada una maroma cuyo extremo opuesto al anudado a sus extremidades se pierde fuera del plano de la secuencia.

En esencia es bien sencilla la ocupación indicada, inca la pala con fuerza en la entraña del montón, extrae cantidad la máxima que le permita el palazo para verterla inmediata en una sima cercana cuyo fondo aun no se muestra. Y así es siempre y es tras día, tras estación y tras noche. Mas al tiempo que vacía y mientras otra arena va llegando a dar volumen de nuevo al montón, en ocasiones suaves y en otros fuertes tirones en las maromas, sacuden, elongan y dislocan sus brazos y piernas y por efecto de tensiones contrapuestas derriban a menudo al mono y le hacen perder la pala.

Pues bien, con estas rutinas, hay días en que parece que la montaña menguara y que la maroma sea lacia, en muchos que es siempre igual y que la cuerda es ligera y en las peores jornadas, que de tanto crecimiento, se lo fuera a merendar el arenoso montón rebozando su existencia de una muerte por asfixia que le salvara del trance de un desmembramiento cierto que no le causara el óbito y sí mutilada existencia.

Solía aderezar su vida comiendo algún rico plátano, intentando constatar que dominaba al tirano. Pero aquello era posible cuando solo la arena le ataba y no cuatro rígidos cabos asidos a cuatro miembros. Y a veces, por temporadas, se ensoñaba en la belleza de algunos amaneceres…. en tiempos que caminaba porque al montón le unía el hilo, imposible de soltarse, mas elástico y sutil.Había probado alguna vez a cesar su actividad… y no soportaba el dolor.

En otras optó por doblar la intensidad del esfuerzo… y no soportaba el dolor.

Una vez érase un mono que asía fuerte una pala, bajo la cálida luz de un sol naranja y al abrigo de dos lunas en noches que no eran obscuras, ni frías, ni noches.

Erase una vez un mono con una mirada prensil y una o dos sogas al cuello.

Luis Cardo

jueves, 12 de junio de 2014

Parábola del mono, la pala y el montón de arena


Año veinte después de Q84, era primaria del periodo somangustino, en los polos muere el hielo y bajo la regencia del dios kptal los humanos gimen.

Sobre una concurrida bajoplanicie y en mediorelieve, sople gregal o sudeste, un mono se entrega a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que le supera tres cuerpos en altura con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. Su destreza adquirida le permite hacer uso en no pocas ocasiones de la prensilidad de sus inferiores para aliviar superiores.

En esencia es bien sencilla la ocupación indicada, inca la pala con fuerza en la entraña del montón, extrae cantidad la máxima que le permita el palazo para verterla inmediata en una sima cercana cuyo fondo aun no se muestra. Y así es siempre y es tras día, tras estación y tras noche. Mas al tiempo que vacía otra arena va llegando a dar volumen de nuevo al montón y a su tarea, a veces traída por vientos y casi siempre por manos de otros monos que la llevan y en su cima depositan.

Pues bien, con estas rutinas, hay días en que parece que la montaña menguara, en muchos que es siempre igual y en las peores jornadas, que de tanto crecimiento, se lo fuera a merendar y a rebozar su existencia de una muerte por asfixia.

Suele aderezar su vida comiendo algún rico plátano, sin dejar de constatar que domina a su tirano, y a veces, por temporadas, se ensueña tras la belleza de algunos amaneceres y pretende caminar a bañarse en ríos cercanos, siendo entonces cuando observa, reiterado, que lo que le une al montón es un hilo muy sútil y al tiempo tan imposible de soltarlo como amarre.
Ha probado alguna vez a dejar su actividad, por ver si por el efecto de su huelga en el achique sucediera que las musas dejaran de alimentar de partículas su losa. Mas sintió la consecuencia de su inacción sedentaria bien en modo de variz, de estreñimiento o de nausea por los gases putrefactos emanados desde el cúmulo de material estancado.

En otras optó por doblar la intensidad del esfuerzo, a modo contrarreloj, pretendiendo vaciar más deprisa que el llenado.

Mas todo y siempre y como fuera que…. resultó que inalteraba el latido del montón.

Una vez érase un mono que asía fuerte una pala, bajo la cálida luz de un sol naranja y al abrigo de dos lunas en noches que no eran obscuras, ni frías, ni noches. Erase una vez un mono con una mirada prensil.

Luis Cardo

lunes, 19 de mayo de 2014

El velo rasgado o la asunción de Jebuma Balanstrabinya


Pasaron al menos tres años para adquirir conciencia del desdoblamiento de las realidades. Después de haber explorado senderos sin gloria y caminos cerrados. Tras ciento o dos de ellos de noches sin vela y más de mil días con luz. Fue en el tiempo en que miraba y remiraba y sentía que ya no estaba, no que se estuviera yendo, sentía que ya se fue.

Pensó que tal vez debió producirse en alguna de las noches de aquel enero del once, de tiritona helado bajo edredón y cama fría frente a las ventanas rotas. O en las diarias batallas de agua, en los finales del diez, donde los pensamientos se hacían blandos en tiempos duros haciendo metros, mejor dosmiles que miles, pues más importante es nadar, sin tener que guardar ropa, que deglutir alimentos, cuando el hambre no te mata pero puede hacerlo el miedo de caer y tocar fondo y romper la cota cero para no poder volver.

Pudiera haber sido en día de los de extenuada vuelta a su pequeña morada desde divanes freudianos, donde vomitaba sueños y escupía las culebras de los traumas de su infancia, días en que entraba en coma por neuronal exigencia, días que cerraba en cero, esperando reencontrarse tras una resurrección o reencarnado en sí mismo.

Seguro fue por entonces, quizás en esos momentos, tal vez en todos y en más, cuando el velo se rasgó como matriz en cesárea, limpio y certero el corte, suficiente y tan preciso para poder dar la luz al aún nonato Jebuma, tras longeva gestación. Mas asomó por el velo sin adquirir aún conciencia.

Desde entonces coexistieron, siendo uno y siendo ambos, el par y el único ser, la dualidad desdoblada, en ambos lados del velo, aprendiendo a darse paso cuando el paso iba cambiado, por realidades palpables o buscando su manzano, siempre en la senda del Yu en uno u otro universo. 

Y entonces cogió el tambor, y su cítara Jebuma, para ajustar bien el ritmo sin descuidarse del verso. Y pudieron comprobar que la música sonaba y los versos consonaban, mas los oídos dormidos de aquellos que deambulaban no podían percibir ni nota ni letanía. Mas, en ocasiones, entre humanos….

Luis Cardo

jueves, 20 de marzo de 2014

En la senda del código Yu


No sería hasta el comienzo de su quinta vida cuando empezara a contemplar la luz de frente. De las anteriores se quedó la observación y despreció el hastío, perdió el miedo y se quedó con el orden, renunció a la angustia y no al valor de la acción, se asió al poder del cambio y despreció la mutilación y la abundancia. 

Así fue como en edad temprana y al tiempo madura se construyó un hatillo de aire fresco sobre una vara sin pulir ni tallar. Por sandalia el pie descalzo, pues iba a caminar mullido sobre caricias de musgo y entre lavandas. Se abandonó de los hombres, mas alzose de las masas y ajeno a su vieja muda, dejó su piel de tortuga perdida entre los asfaltos, el vil metal y las luces cegadoras, buscando las de Bohemia en un mas allá cercano.

En aquellos tiempos, Jebuma Balanstrabinya, plantó semillas de manzano en una bella colina a la que llegó por sendas que acompañaban a arroyos, mas no detuvo su paso, ni se puso a contemplar ni a esperar al brote ni a la lluvia. Siguió tras el trino de un mirlo hasta que éste quedó mudo en una rama de olivo, acompañó a una raposa y nadó junto a las nutrias, comió el néctar de las flores departiendo con abejas, bebió lloviznas y chaparrones, hizo del cielo su abrigo y de la tierra su lecho. 

Y se hizo amigo del silencio y de su voz.

Luis Cardo

jueves, 27 de febrero de 2014

La balada del ocaso de Balanstrabinya


El anciano Balanstrabinya practicaba asiduo diario descanso bajo la sombra de un manzano. Acostumbraba a aposentarse en las horas del sesteo sobre una manta de lino y un bien mullido almohadón bordado de antiguo.

Al llegar, Balanstrabinya, en posición estirada, pie derecho sobre izquierdo y manos sobre su pecho, a modo de faraón, disponíase a la siesta, contemplando el azul cielo entre las hojas frutales, dejando al viento jugar con el verde en sus retinas. Dormíase lentamente, dejando apagar sus párpados por el morféico placer de abandonarse a la nada.

Apenas unos minutos permanecía así ausente, volviendo a reincorporarse como si fuera un nacer, mas sin llanto ni palmada, solo como un despertar desde el cero hasta la vida, siendo su primer pensar sobre el manto azul y verde que cálido le abrigaba.

Y acostumbraba a lanzar un guiño al azul del cielo y una caricia al manzano, sin olvidarse del sol, al que por cortés respeto de soslayo remiraba.

Las horas tras despertar las dedicaba a pensar, contemplar y sentir brisas, hasta que al caer la tarde ya por costumbre adquirida, algunos niños y jóvenes se acercaban al frutal por una pequeña senda que acompañaba a un arroyo. Entonces Balanstrabinya, ya inspirado por vivido, asía firme sus manos al madero de su cítara y hacía bailar sus dedos sobre notas y armonías, recitando a los presentes  experiencias de su vida, de aquello hacia donde fue y de allá de donde vino.

Mientras exista un manzano en pie regalando frutos siempre quedará un anciano que nos pueda convencer de que todo no está en ir y ni siquiera en volver.

Luis Cardo

miércoles, 5 de febrero de 2014

Una bagatela al alba


Acabo de nacer y aquí me tengo, la primera vista es extraña, naranja sobre las sombras, luces de exterior mas no es el sol, serán farolas. Hagamos el repasito: quién soy, dónde estoy, ya me acuerdo, que día soy, creo que lunes, quizás no, ahora lo miro en la agenda. Y por qué tan pronto, ¡ah! sí, porque me gusta, a quien madruga ¿quién le ampara? A ver que tengo que hacer, voy recordando, parece seré de colores, no apunto a grises.

Quisiera comenzar rápido mas siento no tener prisa, me retengo en pensamientos, ¡uy! que complejo resulto ¿en qué mente amanecí? ¡ah! me recuerdo de ayer pero en modo de sustancia, no fui aciago, nunca soy, no fui angustia, la perdí, fui de color salmón con virutitas de gris, no por migraña o pesar, creo que fue por cansancio o por estar incubando algún caldo de bacterias.
No lloveré, dice el cielo, y voy a resultar cálido, iré de aquí para allá, me pararé en mí cien veces, asistiré a los asuntos, ensoñaré en mil instantes, y algún lienzo empañaré de bermellón o de malva, de azul cobalto o de añil. Veré caras y caritas, pálido rostro y sonrisas, deambulantes de a pasito y pastantes de la prisa, y entre todos fluiré como ya sé que acostumbro, en alguna dirección o desde allá para aquí, nada es partida o destino si no un tránsito constante en el que encuentras placer o quedas en sinsentido ¿no escucháis la música?.

Quizás no me presenté, no es que no tenga modales, es que acostumbro a flotar sobre los mundos reales, esos que tanto amáis los que os manejáis tangibles sobre asfaltos de alquitrán. Soy la mera conjunción de la vida en un leve e insignificante punto. Soy el día, soy yo mismo, soy mi vida, sí, soy yo, en este preciso instante, mi límite y mi horizonte, mi eternidad y mi ocaso.

Viva la vida, presente, que las ausencias vendrán, mas no las esperaré, por estar tan ocupado viviendo mi vida entera.

Luis Cardo

Publicado anteriormente, el 4 de febrero de 2014, por mi estimada amiga dominicana Adanellys Hayes, a quién se lo dedico, en su blog:
http://vitahayes.wordpress.com/2014/02/04/de-los-amigos-luis-cardo-navarre/

sábado, 25 de enero de 2014

Atizando moscas


Una vez, o dos, o tres, hace muchos pocos años, en un país de aquí cerca muy lejano, conocí a un hombre miel. Pausa, tic tac, piensa ¿ya? Bien que habrás imaginado a un humano meloso y embadurnado, goteando y pegajoso, relamiendo comisuras.

Lo conocí en un repente, digamos que apareció, no sé ni de donde vino, ni siquiera sé si vino o si el que vine fui yo y él siempre había estado allí donde aconteció que topé con su presencia.

De apariencia muy afable, sonriente y reflexivo, buen pensador y observante, tenía siempre respuestas en nuestra conversación. No sabía si era sabio o más bien postre, si lamerlo o si limpiarlo, mas opté al tiempo de haberme entablado con él, por untarme yo con gotas de su constante goteo, como si acaso yo fuera una crujiente tostada esperando endulzamiento.

Mas uno entre tantos días compartiendo nuestros gozos y sin sombras bajo el sol, tan sólo cálido y luz, aconteció que en su rictus desapareció la mueca que le hacía tan amable, y pude ver en sus ojos un esbozo de pesar. “¿Sabes?”, dijo “yo realmente no quisiera dejar de ser tan sabroso como sabéis bien que soy, y agradezco los lamidos y el unte a que acostumbráis, mas si por algo me agoto es por tener que estar tan a menudo pendiente de ocupar mi mano diestra de sostén de atizador”.

Y es que bien dice el refrán que en este momento invento que “procura aunque seas de miel no dar pábulo a las moscas”.

Luis Cardo