sábado, 25 de enero de 2014

Atizando moscas


Una vez, o dos, o tres, hace muchos pocos años, en un país de aquí cerca muy lejano, conocí a un hombre miel. Pausa, tic tac, piensa ¿ya? Bien que habrás imaginado a un humano meloso y embadurnado, goteando y pegajoso, relamiendo comisuras.

Lo conocí en un repente, digamos que apareció, no sé ni de donde vino, ni siquiera sé si vino o si el que vine fui yo y él siempre había estado allí donde aconteció que topé con su presencia.

De apariencia muy afable, sonriente y reflexivo, buen pensador y observante, tenía siempre respuestas en nuestra conversación. No sabía si era sabio o más bien postre, si lamerlo o si limpiarlo, mas opté al tiempo de haberme entablado con él, por untarme yo con gotas de su constante goteo, como si acaso yo fuera una crujiente tostada esperando endulzamiento.

Mas uno entre tantos días compartiendo nuestros gozos y sin sombras bajo el sol, tan sólo cálido y luz, aconteció que en su rictus desapareció la mueca que le hacía tan amable, y pude ver en sus ojos un esbozo de pesar. “¿Sabes?”, dijo “yo realmente no quisiera dejar de ser tan sabroso como sabéis bien que soy, y agradezco los lamidos y el unte a que acostumbráis, mas si por algo me agoto es por tener que estar tan a menudo pendiente de ocupar mi mano diestra de sostén de atizador”.

Y es que bien dice el refrán que en este momento invento que “procura aunque seas de miel no dar pábulo a las moscas”.

Luis Cardo