jueves, 27 de febrero de 2014

La balada del ocaso de Balanstrabinya


El anciano Balanstrabinya practicaba asiduo diario descanso bajo la sombra de un manzano. Acostumbraba a aposentarse en las horas del sesteo sobre una manta de lino y un bien mullido almohadón bordado de antiguo.

Al llegar, Balanstrabinya, en posición estirada, pie derecho sobre izquierdo y manos sobre su pecho, a modo de faraón, disponíase a la siesta, contemplando el azul cielo entre las hojas frutales, dejando al viento jugar con el verde en sus retinas. Dormíase lentamente, dejando apagar sus párpados por el morféico placer de abandonarse a la nada.

Apenas unos minutos permanecía así ausente, volviendo a reincorporarse como si fuera un nacer, mas sin llanto ni palmada, solo como un despertar desde el cero hasta la vida, siendo su primer pensar sobre el manto azul y verde que cálido le abrigaba.

Y acostumbraba a lanzar un guiño al azul del cielo y una caricia al manzano, sin olvidarse del sol, al que por cortés respeto de soslayo remiraba.

Las horas tras despertar las dedicaba a pensar, contemplar y sentir brisas, hasta que al caer la tarde ya por costumbre adquirida, algunos niños y jóvenes se acercaban al frutal por una pequeña senda que acompañaba a un arroyo. Entonces Balanstrabinya, ya inspirado por vivido, asía firme sus manos al madero de su cítara y hacía bailar sus dedos sobre notas y armonías, recitando a los presentes  experiencias de su vida, de aquello hacia donde fue y de allá de donde vino.

Mientras exista un manzano en pie regalando frutos siempre quedará un anciano que nos pueda convencer de que todo no está en ir y ni siquiera en volver.

Luis Cardo

No hay comentarios:

Publicar un comentario