jueves, 20 de marzo de 2014

En la senda del código Yu


No sería hasta el comienzo de su quinta vida cuando empezara a contemplar la luz de frente. De las anteriores se quedó la observación y despreció el hastío, perdió el miedo y se quedó con el orden, renunció a la angustia y no al valor de la acción, se asió al poder del cambio y despreció la mutilación y la abundancia. 

Así fue como en edad temprana y al tiempo madura se construyó un hatillo de aire fresco sobre una vara sin pulir ni tallar. Por sandalia el pie descalzo, pues iba a caminar mullido sobre caricias de musgo y entre lavandas. Se abandonó de los hombres, mas alzose de las masas y ajeno a su vieja muda, dejó su piel de tortuga perdida entre los asfaltos, el vil metal y las luces cegadoras, buscando las de Bohemia en un mas allá cercano.

En aquellos tiempos, Jebuma Balanstrabinya, plantó semillas de manzano en una bella colina a la que llegó por sendas que acompañaban a arroyos, mas no detuvo su paso, ni se puso a contemplar ni a esperar al brote ni a la lluvia. Siguió tras el trino de un mirlo hasta que éste quedó mudo en una rama de olivo, acompañó a una raposa y nadó junto a las nutrias, comió el néctar de las flores departiendo con abejas, bebió lloviznas y chaparrones, hizo del cielo su abrigo y de la tierra su lecho. 

Y se hizo amigo del silencio y de su voz.

Luis Cardo