lunes, 19 de mayo de 2014

El velo rasgado o la asunción de Jebuma Balanstrabinya


Pasaron al menos tres años para adquirir conciencia del desdoblamiento de las realidades. Después de haber explorado senderos sin gloria y caminos cerrados. Tras ciento o dos de ellos de noches sin vela y más de mil días con luz. Fue en el tiempo en que miraba y remiraba y sentía que ya no estaba, no que se estuviera yendo, sentía que ya se fue.

Pensó que tal vez debió producirse en alguna de las noches de aquel enero del once, de tiritona helado bajo edredón y cama fría frente a las ventanas rotas. O en las diarias batallas de agua, en los finales del diez, donde los pensamientos se hacían blandos en tiempos duros haciendo metros, mejor dosmiles que miles, pues más importante es nadar, sin tener que guardar ropa, que deglutir alimentos, cuando el hambre no te mata pero puede hacerlo el miedo de caer y tocar fondo y romper la cota cero para no poder volver.

Pudiera haber sido en día de los de extenuada vuelta a su pequeña morada desde divanes freudianos, donde vomitaba sueños y escupía las culebras de los traumas de su infancia, días en que entraba en coma por neuronal exigencia, días que cerraba en cero, esperando reencontrarse tras una resurrección o reencarnado en sí mismo.

Seguro fue por entonces, quizás en esos momentos, tal vez en todos y en más, cuando el velo se rasgó como matriz en cesárea, limpio y certero el corte, suficiente y tan preciso para poder dar la luz al aún nonato Jebuma, tras longeva gestación. Mas asomó por el velo sin adquirir aún conciencia.

Desde entonces coexistieron, siendo uno y siendo ambos, el par y el único ser, la dualidad desdoblada, en ambos lados del velo, aprendiendo a darse paso cuando el paso iba cambiado, por realidades palpables o buscando su manzano, siempre en la senda del Yu en uno u otro universo. 

Y entonces cogió el tambor, y su cítara Jebuma, para ajustar bien el ritmo sin descuidarse del verso. Y pudieron comprobar que la música sonaba y los versos consonaban, mas los oídos dormidos de aquellos que deambulaban no podían percibir ni nota ni letanía. Mas, en ocasiones, entre humanos….

Luis Cardo