jueves, 12 de junio de 2014

Parábola del mono, la pala y el montón de arena


Año veinte después de Q84, era primaria del periodo somangustino, en los polos muere el hielo y bajo la regencia del dios kptal los humanos gimen.

Sobre una concurrida bajoplanicie y en mediorelieve, sople gregal o sudeste, un mono se entrega a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que le supera tres cuerpos en altura con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. Su destreza adquirida le permite hacer uso en no pocas ocasiones de la prensilidad de sus inferiores para aliviar superiores.

En esencia es bien sencilla la ocupación indicada, inca la pala con fuerza en la entraña del montón, extrae cantidad la máxima que le permita el palazo para verterla inmediata en una sima cercana cuyo fondo aun no se muestra. Y así es siempre y es tras día, tras estación y tras noche. Mas al tiempo que vacía otra arena va llegando a dar volumen de nuevo al montón y a su tarea, a veces traída por vientos y casi siempre por manos de otros monos que la llevan y en su cima depositan.

Pues bien, con estas rutinas, hay días en que parece que la montaña menguara, en muchos que es siempre igual y en las peores jornadas, que de tanto crecimiento, se lo fuera a merendar y a rebozar su existencia de una muerte por asfixia.

Suele aderezar su vida comiendo algún rico plátano, sin dejar de constatar que domina a su tirano, y a veces, por temporadas, se ensueña tras la belleza de algunos amaneceres y pretende caminar a bañarse en ríos cercanos, siendo entonces cuando observa, reiterado, que lo que le une al montón es un hilo muy sútil y al tiempo tan imposible de soltarlo como amarre.
Ha probado alguna vez a dejar su actividad, por ver si por el efecto de su huelga en el achique sucediera que las musas dejaran de alimentar de partículas su losa. Mas sintió la consecuencia de su inacción sedentaria bien en modo de variz, de estreñimiento o de nausea por los gases putrefactos emanados desde el cúmulo de material estancado.

En otras optó por doblar la intensidad del esfuerzo, a modo contrarreloj, pretendiendo vaciar más deprisa que el llenado.

Mas todo y siempre y como fuera que…. resultó que inalteraba el latido del montón.

Una vez érase un mono que asía fuerte una pala, bajo la cálida luz de un sol naranja y al abrigo de dos lunas en noches que no eran obscuras, ni frías, ni noches. Erase una vez un mono con una mirada prensil.

Luis Cardo