martes, 22 de julio de 2014

Parafábula del mono, la maroma y la soga al cuello


Avanzado el año veinte después de Q84, era primaria del periodo somangustino, en los polos muere el hielo y bajo la regencia del dios kptal los humanos gimen.

Sobre una concurrida bajoplanicie y en mediorelieve, sople gregal o sudeste, un mono se entrega a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que le supera tres cuerpos en altura con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. En cada tobillo y muñeca lleva anudada una maroma cuyo extremo opuesto al anudado a sus extremidades se pierde fuera del plano de la secuencia.

En esencia es bien sencilla la ocupación indicada, inca la pala con fuerza en la entraña del montón, extrae cantidad la máxima que le permita el palazo para verterla inmediata en una sima cercana cuyo fondo aun no se muestra. Y así es siempre y es tras día, tras estación y tras noche. Mas al tiempo que vacía y mientras otra arena va llegando a dar volumen de nuevo al montón, en ocasiones suaves y en otros fuertes tirones en las maromas, sacuden, elongan y dislocan sus brazos y piernas y por efecto de tensiones contrapuestas derriban a menudo al mono y le hacen perder la pala.

Pues bien, con estas rutinas, hay días en que parece que la montaña menguara y que la maroma sea lacia, en muchos que es siempre igual y que la cuerda es ligera y en las peores jornadas, que de tanto crecimiento, se lo fuera a merendar el arenoso montón rebozando su existencia de una muerte por asfixia que le salvara del trance de un desmembramiento cierto que no le causara el óbito y sí mutilada existencia.

Solía aderezar su vida comiendo algún rico plátano, intentando constatar que dominaba al tirano. Pero aquello era posible cuando solo la arena le ataba y no cuatro rígidos cabos asidos a cuatro miembros. Y a veces, por temporadas, se ensoñaba en la belleza de algunos amaneceres…. en tiempos que caminaba porque al montón le unía el hilo, imposible de soltarse, mas elástico y sutil.Había probado alguna vez a cesar su actividad… y no soportaba el dolor.

En otras optó por doblar la intensidad del esfuerzo… y no soportaba el dolor.

Una vez érase un mono que asía fuerte una pala, bajo la cálida luz de un sol naranja y al abrigo de dos lunas en noches que no eran obscuras, ni frías, ni noches.

Erase una vez un mono con una mirada prensil y una o dos sogas al cuello.

Luis Cardo