viernes, 8 de diciembre de 2017

El asno que deambulaba cabizalto (Lírica bagatela bufa)


Por una senda sembrada de amapolas a sus veras, caminaba cabizalto un asno pardo de vientre blanco. Bien temprano, con el alba bostezando y el sol pretendiendo auparse sobre chepa de collados, el asno murmuraba alegre una sonata de Bach.

Una ardilla, boca abajo, posada en tronco de pino, hierática observaba el deambular del borrico, mientras sigilosa detenía una raposa su intrigante movimiento entre la hierba de un prado.

Los que trinaban cesaron, los que reptaban pararon, los que volaban posaron y un jabalí estornudó. Bajo sombra fresca de alcornoque, un ejército de hormigas interrumpieron su marcha, las libélulas sus vuelos y las abejas curiosas el néctar abandonaron para más tarde libar.

La lechuza no ululaba y un cernícalo observó a culebra que cimbreaba y su mirada cruzó, ambas perplejas quedaron e incrédulas observaron que el asno movía el rabo al ritmo de su canción.

A pocos metros un gato, posado sobre una piedra, esperaba ininmutable a que el asno le alcanzara. Y al alcanzarle paró. El asno quedó mirando al felino fijamente y sin interrumpir su canto ni gesto alguno mediar el gato trepó de brinco a los lomos del equino.

Por una senda sembrada de amapolas a sus veras, un asno pardo de vientre blanco tarareaba cabizalto una sonata de Bach. Sobre sus lomos un gato con los ojos entornados, alzando su rostro al sol, que empezaba a despuntar, y por embelesamiento, ronroneaba contento bien en re o en si bemol.

Y la lechuza ululó, y trinos acompañaron, las libélulas volaron y hasta el jabalí trotó, y en rica coreografía las hormigas reiniciaron su búsqueda de alimento, la raposa con aliento sobre la hierba saltaba y el cernícalo guiñaba a la culebra su ojo indicando que su antojo por carne fresca cesaba y que prefería volar y ejercitar pirueta.

Por una senda sembrada de amapolas a sus veras, sobre la testa de un gato, una roja mariposa aleteaba exaltada sin saber que con sus alas estaba cambiando el mundo, que por azar aquel día, que pareciera indistinto a tantos que precedieron, amaneció diferente por un asno y su talento.

Luis Cardo

miércoles, 6 de diciembre de 2017

A vista de buitre sobre colina rocosa


En una mañana fría de invierno que no llegaba, un joven de suave tez, aún no encarnado en su nombre, caminaba pensativo mientras la senda transitada iba marcando su ascenso hacia una calva colina.

Asido a un cayado de castaño sus ojos posaba en piedras y nunca alzaba la vista al sol, no por temer que cegara, por ignorar su presencia. Por calzado unas  sandalias, en su zurrón un mendrugo, por abrigo lana fría y en corazón tempestad.

Sin ser consciente del tiempo transcurrido hasta la cima, el joven alcanzó temprano la petrea y puntiaguda cumbre objetivo de su andanza. Y fue al llegar donde la vista alzó buscando horizonte. Y se sentó y sintió el tacto helado, la textura lisa y el duro asiento del aposento elegido, mas no importole.

En una mañana fría de invierno pleno, un hombre de barba hirsuta, aún no encarnado en su nombre, caminaba pensativo mientras la senda transitada iba marcando su ascenso hacia una calva colina.

Asido a un cayado de castaño sus ojos posaba en piedras y nunca alzaba la vista al sol, no por temer que cegara, por ignorar su presencia. Por calzado unas  sandalias, en su zurrón un mendrugo, por abrigo lana fría y en corazón tempestad.

Sin ser consciente del tiempo transcurrido hasta la cima, el hombre alcanzó cansado la petrea y puntiaguda cumbre objetivo de su andanza. Y fue al llegar donde la vista alzó buscando horizonte. Y se sentó y sintió el tacto helado, la textura lisa y el duro asiento del aposento elegido, mas no importole.

En una mañana fría de invierno cesante, un hombre adulto y canoso, aún no encarnado en su nombre, caminaba pensativo mientras la senda transitada iba marcando su ascenso hacia una calva colina.

Asido a un cayado de castaño sus ojos posaba en piedras y nunca alzaba la vista al sol, no por temer que cegara, por ignorar su presencia. Por calzado unas  sandalias, en su zurrón un mendrugo, por abrigo lana fría y en corazón tempestad.

Sin ser consciente del tiempo transcurrido hasta la cima, el hombre alcanzó no sin tristeza la petrea y puntiaguda cumbre objetivo de su andanza. Y fue al llegar donde la vista alzó buscando horizonte. Y se sentó y sintió el tacto helado, la textura lisa y el duro asiento del aposento elegido, mas no importole.

En una mañana cálida de primavera Jebuma Balanstrabinya bajó de una calva colina, y a la sombra de un manzano se dispuso a afinar su cítara, siendo un trino su guión. Y la paz se hizo nombre.

Luis Cardo










sábado, 2 de diciembre de 2017

Frágil como una hoja de vid al final del otoño


Se entregaba Balanstrabinya, en el apogeo de su otoño, que no era ocaso, a la tarea de retirar una a una, con sus dedos, las hojas caídas de la vid cercana a su manzano, junto al que descansaba su cítara.

Su primavera quedaba lejana y sin añoranza, quizás porque sus veranos fueron otrora inviernos y quizás porque en justicia, intuía que en su invierno le aguardaba su verano.

El manejo de la hoja de la vid al final del otoño, por quebradiza, requería destreza en el trazo de su tacto, armonía en la conjunción de sus dedos y sencillez en la trayectoria de sus vaivenes, mas Jebuma ya practicaba la paz por su lejanía con los hombres.

Una acción única, lenta y con intención, completa hasta su fin, ejercida en ritual, con el tiempo dedicado y actitud contemplativa, la sonrisa dibujada y la pulcritud por norma, acto simple y necesario. Jebuma se desvanecía en el espacio y ralentizaba el tiempo, reduciéndolo al instante.

El viento era gélido mas no le alcanzaba, mientras la piel de sus manos despreciaban guante, por ingrato. Trasladaba cada hoja a un enorme cuenco hierático acogedor, tallado durante los días regalados. Y sobre su perpendicular, con mano tierna, pulverizaba en minúsculas porciones cada hoja recogida. Y cada una de ellas, ya polvo sobre polvo, renacían como una y por amor.

De entre todas las hojas, mimaba con más talento las que habían aterrizado en oquedad de leñera, entre vástagos de hermanos ramificantes, nacidos en poda para otorgar vida al padre. Y evitando la fricción las invitaba a ser polvo lejos de la anarquía del viento.

Y por completa su acción fue buena, y por su tacto la caricia noble, y por su intención de naturaleza justa y por su fin necesaria.

En el otoño de sus días, Balanstrabinya aprendió acerca de la virtud que habita en lo delicado, y de la hoja de vid cuando apunta invierno tomó lección del latido de corazones dormidos.

Luis Cardo

viernes, 3 de febrero de 2017

Por un sendero hacia dos lagunas


Había podido, tiempo ha, comprobar que música sonaba y que versos consonaban, mas los oídos dormidos de aquellos que deambulaban no habían percibido ni nota ni letanía.

Apoyó la cítara Jebuma en el tronco del manzano, y sobre mullido lecho, junto a matas de tomillo. Alzóse en silencio, respiró erguido en dirección al sol, al que ofreció su brindis de gracia. Descalzo comenzó a caminar hacia el este, siempre al este, no dando espalda a la luz.

Ante sí una senda asilvestrada apenas se adivinaba, con certeza sus parecidos la habían abandonado. Se abrió paso entre los juncos, caminando levemente, dejándose acariciar y acariciando al camino que caminando naciera. Bordeó lomas, descendió barrancos, alcanzó siete cimas y descansó siete veces bajo siete sombras de siete amigos, de nombre almendro, de nombre olivo, de nombre higuera, algarrobo, morera y pino.

Siete días después de reposar la cuerda de su instrumento, alcanzó un valle tras un collado, un valle con dos lagunas. A su derecha, laguna blanca, y en derredor, en una concurrida bajoplanicie y en mediorrelieve, sople gregal o sudeste, cientos de miles de monos apilados y en desorden se entregaban a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que les superaba tres cuerpos en altura, con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. Mas al tiempo que vaciaban otra arena iba llegando a dar volumen de nuevo, al montón y a su tarea, a veces traída por vientos y casi siempre por manos de otros monos que la llevan y en su cima depositan.

A su izquierda, imperceptible, separada de la anterior por un velo, laguna azul, diminuta y desierta, invadida de silencio e invadida por la luz, mas invisible a los monos cabizbajos y en tarea.

Y Jebuma Balanstrabinya inició un paso…

Luis Cardo