viernes, 3 de febrero de 2017

Por un sendero hacia dos lagunas


Había podido, tiempo ha, comprobar que música sonaba y que versos consonaban, mas los oídos dormidos de aquellos que deambulaban no habían percibido ni nota ni letanía.

Apoyó la cítara Jebuma en el tronco del manzano, y sobre mullido lecho, junto a matas de tomillo. Alzóse en silencio, respiró erguido en dirección al sol, al que ofreció su brindis de gracia. Descalzo comenzó a caminar hacia el este, siempre al este, no dando espalda a la luz.

Ante sí una senda asilvestrada apenas se adivinaba, con certeza sus parecidos la habían abandonado. Se abrió paso entre los juncos, caminando levemente, dejándose acariciar y acariciando al camino que caminando naciera. Bordeó lomas, descendió barrancos, alcanzó siete cimas y descansó siete veces bajo siete sombras de siete amigos, de nombre almendro, de nombre olivo, de nombre higuera, algarrobo, morera y pino.

Siete días después de reposar la cuerda de su instrumento, alcanzó un valle tras un collado, un valle con dos lagunas. A su derecha, laguna blanca, y en derredor, en una concurrida bajoplanicie y en mediorrelieve, sople gregal o sudeste, cientos de miles de monos apilados y en desorden se entregaban a la tarea de diseminar el contenido de un montón de arena que les superaba tres cuerpos en altura, con el esfuerzo de sus manos asistidas de una pala. Mas al tiempo que vaciaban otra arena iba llegando a dar volumen de nuevo, al montón y a su tarea, a veces traída por vientos y casi siempre por manos de otros monos que la llevan y en su cima depositan.

A su izquierda, imperceptible, separada de la anterior por un velo, laguna azul, diminuta y desierta, invadida de silencio e invadida por la luz, mas invisible a los monos cabizbajos y en tarea.

Y Jebuma Balanstrabinya inició un paso…

Luis Cardo

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